Hay momentos de la existencia en que el tiempo
y la extensión son más profundos y el sentimiento de la existencia parece inmensamente aumentado".
Charles Baudelaire
Cada
plano, cada imagen posee su ritmo propio, un ritmo que por naturaleza
le pertenece. Cuando soñamos, cuando recordamos, cuando vivimos
nuestra cotidianidad, podemos observar las diferentes dinámicas del
tiempo, los diferentes ritmos de la existencia. Tarkovsky en su libro
dice al respecto “¿En qué reside la naturaleza de un arte fílmico
propio de un autor? En cierto sentido, se podría decir, que es
esculpir en el tiempo.” Como el escultor que ve en el mármol la figura futura, el cineasta
esculpe en el tiempo para arrancar de él una figura de la vida. Este
tiempo que sucede, se sitúa y al situarse se vuelve profundo, como
una línea vertical que atraviesa la tierra o quiebra el pacífico
estar del cielo. El recuerdo, material de la memoria, es siempre un
estar en el tiempo de manera situada, como si fuese un fenómeno
espacial más que temporal. La memoria fija al tiempo y lo recorre,
camina a través de él, lo penetra, lo desmenuza, cambia de lugar
los elementos, lo padece en toda su dimensión. El espejo
del cineasta ruso, es la fijación de la memoria, del tiempo de
la infancia, memoria siempre ligada a la ensoñación. Ninguna
memoria es tal como ha sucedido ¿Y eso tiene relevancia? La
ensoñación es lo único transversal a toda memoria y lo único
importante. Es un estado de reposo, por el cual la conciencia
descansa de su estado de alerta hacia el mundo y se introduce en sí
misma, en sus configuraciones más íntimas. El espejo viene a
ser el testimonio de todo esto, de una infancia que dura toda la
vida. Pero no en la linealidad de la vida, no en su horizontalidad,
sino en su verticalidad. La infancia entra en el acontecer porque su
carácter es vertical. Cualquier tiempo que se demore en sí mismo,
que se demore en la espacialidad que lo acompaña, es un tiempo
vertical. “Con edad de siempre/sin edad feliz” Dice Gabriela Mistral por medio de una imagen que tiene tal desnudez
que es capaz de aproximarnos a su origen. La infancia es la edad de
siempre, pero llega un momento en que ella se esconde, es cuando
damos el salto a la horizontalidad del tiempo, a la adultez, donde
los días se acortan y los años son nada; ya no hay tiempo para la
ensoñación, ni el juego, ni el descanso sin culpa. El tiempo lineal
es el tiempo del trabajo, de la responsabilidad, de la conciencia
lanzada a sus obligaciones, es el tiempo de la muerte. Ser adulto es
darse cuenta que es poco el tiempo que tenemos para hacer todo lo que
deseamos, porque nuestra voluntad es más grande que el tiempo
horizontal, nuestra voluntad es compañera del juego, del hacer, del
crear; nuestra voluntad es parte de la edad de siempre y por tanto
del tiempo vertical. (Fragmento, "El tiempo vertical en el cine de Tarkovski" Natalí Aranda)
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