“Y
así, el niño, que ignora su
destino, el sentido de su destino y su límite, es el único que
conoce lo que persigue porque persigue la
vida dispersa.”
Pablo
de Rokha
Pocas
veces se habla del pensar asociado a la causa material, a la poética
del tacto o de los sentidos. La pintura piensa
materialmente, así como todo arte en general, pero ¿qué sentido
tiene este pensar? Las pinturas hacen lo que ellas quieren, dice
Gerhard Richter; la materia como dueña de una voluntad que instaura
su propio pensar y su propio destino, más allá de las
determinaciones que pueda hacer un individuo al proponer una forma o
un fin en su obra. La característica de la materia no es la unidad,
sino su dispersión. El sujeto que cree que la causa formal o final
subordina a la materia, parte negando su obra. En el sentido que
busca unificar desde afuera su naturaleza íntimamente dispersa. Y
esta negación va de la mano de la negación de lo temporal. Para
decirlo resumidamente, el pensar de la materia es un pensar temporal
y disperso. Es así como en Arquitectura
de la vida dispersa, nombre
que Nicolás Sartori toma de un texto de Pablo de
Rokha, hay una declaración de principios. En esta
obra lo que menos se observa es unidad, más allá de una unidad dada
artificialmente por la reunión de las diferentes pinturas. En ella
el tiempo esculpe la materia -o la materia al tiempo- y lo temporal
comienza habitar el espacio, haciendo del movimiento el principal
resultado de todo esto. Es así que al no cancelar el modo de ser de
la materialidad, la vida respira en su dispersión. “Es menester
dar sentido a la vida, perfectamente.
Pero dejar fluir, dejar correr lo sucesivo, dejar que penetre la vida
en nosotros y nos traspase […] es también dar un sentido a la
vida.” Dejar a la materia introducir su propio sentido es dejar fluir el
ritmo natural de la existencia. Volver al objeto es una forma de
rebelarse ante el absoluto que impone el sentido como finalidad y no
como simple camino, un simple estar.
En
la pintura de Sartori (Arquitectura de la vida dispersa) aparece un
hombre en diferentes instantes o planos, un hombre perdido en lo
disperso y que intenta buscarse a sí mismo en esta dispersión. Este
individuo nos sirve como indicador o punto de referencia, su
presencia crea el espacio que lo circunda y el espacio crea este modo
de ser del hombre. Hay ciertas pinturas en donde el sujeto pareciera
literalmente estar construyendo su espacio, un lugar donde habitar.
En otras se nos muestra pintando, como si el cuadro hablara de sí
mismo en un lenguaje metapictórico.
Sartori
se aleja de la representación para llegar al modo de ser ¿del
espacio? ¿de la vida? Quedarse en la representación muchas veces
tiene como supuesto una visión dogmática frente al objeto que se
representa, y en esta visión no hay un pensar en movimiento ni de la
materia, solo se traslada la forma
del objeto a otro lenguaje, pero sin expresar su modo de ser y no
hablo de la pintura realista, sino de una pintura que no deja que la
materia piense su propio destino. Pero eso no pasa con Nicolás,
quien cree también que la pintura hace lo que ella quiere y que la
materia es capaz de manifestar esta voluntad que es también la
voluntad de la vida en su dispersión, en su movimiento, en donde el
espacio está repleto de tiempo y no hay lugar para absolutos.