lunes, 17 de abril de 2017

El pensar de la materia (Algunas reflexiones a partir de la obra "Arquitectura de la vida dispersa" de Nicolás Sartori)



  “Y así, el niño, que ignora su destino, el sentido de su destino y su límite, es el único que conoce lo que persigue porque persigue la vida dispersa.”
                                                                                                       Pablo de Rokha

Pocas veces se habla del pensar asociado a la causa material, a la poética del tacto o de los sentidos. La pintura piensa materialmente, así como todo arte en general, pero ¿qué sentido tiene este pensar? Las pinturas hacen lo que ellas quieren, dice Gerhard Richter; la materia como dueña de una voluntad que instaura su propio pensar y su propio destino, más allá de las determinaciones que pueda hacer un individuo al proponer una forma o un fin en su obra. La característica de la materia no es la unidad, sino su dispersión. El sujeto que cree que la causa formal o final subordina a la materia, parte negando su obra. En el sentido que busca unificar desde afuera su naturaleza íntimamente dispersa. Y esta negación va de la mano de la negación de lo temporal. Para decirlo resumidamente, el pensar de la materia es un pensar temporal y disperso. Es así como en Arquitectura de la vida dispersa, nombre que Nicolás Sartori toma de un texto de Pablo de Rokha, hay una declaración de principios. En esta obra lo que menos se observa es unidad, más allá de una unidad dada artificialmente por la reunión de las diferentes pinturas. En ella el tiempo esculpe la materia -o la materia al tiempo- y lo temporal comienza habitar el espacio, haciendo del movimiento el principal resultado de todo esto. Es así que al no cancelar el modo de ser de la materialidad, la vida respira en su dispersión. “Es menester dar sentido a la vida, perfectamente. Pero dejar fluir, dejar correr lo sucesivo, dejar que penetre la vida en nosotros y nos traspase […] es también dar un sentido a la vida.” Dejar a la materia introducir su propio sentido es dejar fluir el ritmo natural de la existencia. Volver al objeto es una forma de rebelarse ante el absoluto que impone el sentido como finalidad y no como simple camino, un simple estar.
En la pintura de Sartori (Arquitectura de la vida dispersa) aparece un hombre en diferentes instantes o planos, un hombre perdido en lo disperso y que intenta buscarse a sí mismo en esta dispersión. Este individuo nos sirve como indicador o punto de referencia, su presencia crea el espacio que lo circunda y el espacio crea este modo de ser del hombre. Hay ciertas pinturas en donde el sujeto pareciera literalmente estar construyendo su espacio, un lugar donde habitar. En otras se nos muestra pintando, como si el cuadro hablara de sí mismo en un lenguaje metapictórico.
Sartori se aleja de la representación para llegar al modo de ser ¿del espacio? ¿de la vida? Quedarse en la representación muchas veces tiene como supuesto una visión dogmática frente al objeto que se representa, y en esta visión no hay un pensar en movimiento ni de la materia, solo se traslada la forma del objeto a otro lenguaje, pero sin expresar su modo de ser y no hablo de la pintura realista, sino de una pintura que no deja que la materia piense su propio destino. Pero eso no pasa con Nicolás, quien cree también que la pintura hace lo que ella quiere y que la materia es capaz de manifestar esta voluntad que es también la voluntad de la vida en su dispersión, en su movimiento, en donde el espacio está repleto de tiempo y no hay lugar para absolutos.