Sentí
que las montañas siempre fueron mi refugio, mi lugar
donde esconderme para después poder salir al
mundo.
Ahora
lo comparto con mi hija.
Soledad
Urquia.
La novela, escrita a modo de diario
autobiográfico, nos relata el proceso vital de una mujer que transita una
búsqueda espiritual y paralelamente vive la experiencia de la maternidad. La
narración refleja las tensiones que surgen del encuentro de estas dos
dimensiones y el proceso de integrar ambos mundos sin que el hecho de ser madre
signifique la renuncia al espíritu, aspecto sumamente relevante en su vida, ya
que continuamente ha sentido el llamado de renunciar/huir del mundo para
refugiarse en el sendero del desarrollo espiritual: “Por razones que no sabría
explicar, nunca dudé de que la íbamos a tener, si bien sentía que avanzar con
el embarazo implicaba renunciar a todas mis aspiraciones espirituales” (27).
Aspiraciones que la han acompañado desde muy joven y que podemos ir
reconociendo en las prácticas que realiza, las cuales en su gran parte son
constitutivas de filosofías y religiones orientales, más específicamente de
escuelas espirituales de la India.
A través de técnicas meditativas se interna
en un hondo proceso de autodescubrimiento. La montaña, en su sentido concreto y
simbólico, es una metáfora de esta búsqueda y un aspecto central en su vida:
“Me parecía que vivir al pie de una montaña era algo kármico en mi vida o una
compulsión a la repetición de mi inconsciente, dos conceptos que a veces siento
que se refieren a lo mismo” (40). Esto lo podemos visualizar en la decisión de
abandonar el entorno urbano de la ciudad de Buenos Aires para internarse junto
a su familia en el montañoso paisaje de Traslasierra en la provincia de
Córdoba, y también lo podemos observar en su viaje a la India, donde vivió al
pie de la Montaña Sagrada de Arunachala en el pueblo de Tiruvannamalai, lugar en
el que se encuentra el Ashram de Ramana Maharshi (1879-1950), sabio hindú por
el cual desarrolló una actitud devocional.
Respecto a la identificación o repetición
kármica o inconsciente de este hecho, puede ser interesante lo que indica el
estudioso del símbolo, Juan Eduardo Cirlot, acerca del sentido místico que
tiene la cima de la montaña al ser concebida como el punto en el que la tierra
y el cielo se unen. Esta idea puede ser bastante reveladora para entender su
presencia en la vida de la protagonista de la novela, ya que su intento de
armonizar la maternidad y su vida espiritual puede concebirse como un intento
de unir la tierra y el cielo. Un proceso de aprendizaje relacionado con la
capacidad de integrar ambos mundos en el camino hacia la realización y el
reconocimiento de lo que somos.
Dentro de esta búsqueda, la narradora nombra
al Advaita Vedānta, una escuela
espiritual y filosófica de la India que toma forma gracias a Śaṁkara (788-820
d.C.), sabio hindú que, inspirado en las Upanisad, textos sagrados para el
hinduismo, postula la identidad entre el alma encarnada y Brahman (la
única realidad), no existiendo dualidad entre estos dos aspectos. Tal vez
alcanzar la experiencia de Brahman, el absoluto, es alcanzar la experiencia
advaita de no dualidad entre la tierra y el cielo.
Ramana Maharshi está presente en varias
ocasiones en el relato al formar parte fundamental de la búsqueda espiritual de
la protagonista. Este sabio propuso el método de la auto-indagación
como forma de ir eliminando todas esas falsas identificaciones que nos
mantienen distantes de nuestro ser auténtico. Para la narradora esta técnica es
parte de sus prácticas meditativas, las que son realizadas durante las primeras
horas, cuando el sol y su hija Aurora todavía descansan: “Me levantaba a
meditar cuando todavía era de noche y lo primero que veía por la ventana eran
las montañas con su presencia indiscutible, intensa y, por momentos, agobiante”
(40). Este escenario montañoso, oscuro y silencioso es el que la acompaña en su
práctica cotidiana de contacto con su mundo interno.
La protagonista explica del siguiente modo la
técnica creada por Ramana, en la que principalmente somos guiados por la
pregunta “¿Quién soy yo?”:
la idea es localizar la sensación
«Yo soy» pero de manera indeterminada, sin decir «yo soy esto o aquello». Si
aparece, por ejemplo, un pensamiento, uno se pregunta: ¿a quién se le aparece
este pensamiento?, y de esa manera se vuelve a la sensación «Yo soy». La técnica se llama en sánscrito atma
vichara, y como todas las palabras en ese idioma antiguo y sagrado, tiene una
sonoridad hermosa. (19).
Esta auto-indagación no es un autoanálisis
psicológico, ya que lo que busca no es comprender al yo individual, concreto,
empírico, sino al Yo que trasciende la dimensión personal. Una sentencia de las
Upanisad, “Conoce en ti aquello que, conociéndolo, todo se torna conocido”, nos
remite a este Yo que, al ser conocido, nos abre a la comprensión de la
totalidad, es decir, a la experiencia advaita de no dualidad entre todo lo que
es.
La narradora agrega que este proceso de
indagación tal vez tenga relación con la posibilidad de encontrarse con ese
observador imparcial, una conciencia testigo capaz de crear una distancia con
sus identificaciones: “Más allá de todo esto, hay algo que mira con
ecuanimidad, que no juzga. Siento que ubicar y sostener este espacio interior
es parte de un proceso artesanal y específico para cada persona” (17). La
práctica meditativa es un proceso que va sutilmente creando un espacio en el
que aparecerá esa conciencia no identificada con la mente, el cuerpo ni las
emociones, llevándonos a otra experiencia del ser, relacionada con la vacuidad;
un horizonte vacío y fecundo que puede ser concebido como la base de toda
experiencia. El observador imparcial reconoce que su ser se origina en este
campo de vacuidad, lo cual puede ser expresado como el silencio que acompaña a
cada palabra o, en palabras de Raimon Panikkar, importante filósofo del diálogo
interreligioso, como la ausencia que se encuentra en cada presencia.
Ahora bien, ¿es posible llevar una auténtica vida
espiritual teniendo un anclaje a tierra tan fuerte como lo es la maternidad?
Intuyo que una posible respuesta a esta pregunta se encuentra en esa aspiración
por la simpleza que manifiesta la narradora. Tal vez una vida simple sea capaz
de diluir las tensiones entre los diferentes ámbitos de la existencia. “Por
último, me pareció que, de todas las aspiraciones posibles, la simpleza es la
mejor que podría tener. ¿Es la espiritualidad, con sus dispositivos y teorías
tan complicadas, un intento de volver a lo simple?” (39). El budismo Zen
explica esta simpleza de la siguiente forma: “¡Qué maravilloso, cuan
misterioso! Cargo la leña, saco agua del pozo”. En lo espontáneo y natural late
el misterio, en nuestro hacer cotidiano podemos encontrar al espíritu, la
complejidad está en transitar este camino de regreso a la vida y a su ritmo, lo
cual es posible cuando vemos que el cielo y la tierra no son dos dimensiones
separadas, sino que, tal como nos puede mostrar la primera luz de la aurora en
la cima de la montaña, son manifestaciones de un mismo ser/vacuidad que respira
en todas las cosas.
La protagonista del relato toma refugio en la
montaña, contactando allí con el misterio, el silencio y con un cierto ritmo
que se manifiesta en la respiración.
Experiencia que ahora comparte con su hija.