domingo, 9 de junio de 2024

Reseña del libro “La luz y la montaña” de Soledad Urquia.

 

 

Sentí que las montañas siempre fueron mi refugio, mi lugar

  donde esconderme para después poder salir al mundo.

Ahora lo comparto con mi hija.

Soledad Urquia.

 

  La novela, escrita a modo de diario autobiográfico, nos relata el proceso vital de una mujer que transita una búsqueda espiritual y paralelamente vive la experiencia de la maternidad. La narración refleja las tensiones que surgen del encuentro de estas dos dimensiones y el proceso de integrar ambos mundos sin que el hecho de ser madre signifique la renuncia al espíritu, aspecto sumamente relevante en su vida, ya que continuamente ha sentido el llamado de renunciar/huir del mundo para refugiarse en el sendero del desarrollo espiritual: “Por razones que no sabría explicar, nunca dudé de que la íbamos a tener, si bien sentía que avanzar con el embarazo implicaba renunciar a todas mis aspiraciones espirituales” (27). Aspiraciones que la han acompañado desde muy joven y que podemos ir reconociendo en las prácticas que realiza, las cuales en su gran parte son constitutivas de filosofías y religiones orientales, más específicamente de escuelas espirituales de la India.

  A través de técnicas meditativas se interna en un hondo proceso de autodescubrimiento. La montaña, en su sentido concreto y simbólico, es una metáfora de esta búsqueda y un aspecto central en su vida: “Me parecía que vivir al pie de una montaña era algo kármico en mi vida o una compulsión a la repetición de mi inconsciente, dos conceptos que a veces siento que se refieren a lo mismo” (40). Esto lo podemos visualizar en la decisión de abandonar el entorno urbano de la ciudad de Buenos Aires para internarse junto a su familia en el montañoso paisaje de Traslasierra en la provincia de Córdoba, y también lo podemos observar en su viaje a la India, donde vivió al pie de la Montaña Sagrada de Arunachala en el pueblo de Tiruvannamalai, lugar en el que se encuentra el Ashram de Ramana Maharshi (1879-1950), sabio hindú por el cual desarrolló una actitud devocional.

  Respecto a la identificación o repetición kármica o inconsciente de este hecho, puede ser interesante lo que indica el estudioso del símbolo, Juan Eduardo Cirlot, acerca del sentido místico que tiene la cima de la montaña al ser concebida como el punto en el que la tierra y el cielo se unen. Esta idea puede ser bastante reveladora para entender su presencia en la vida de la protagonista de la novela, ya que su intento de armonizar la maternidad y su vida espiritual puede concebirse como un intento de unir la tierra y el cielo. Un proceso de aprendizaje relacionado con la capacidad de integrar ambos mundos en el camino hacia la realización y el reconocimiento de lo que somos.

  Dentro de esta búsqueda, la narradora nombra al Advaita Vedānta, una escuela espiritual y filosófica de la India que toma forma gracias a Śaṁkara (788-820 d.C.), sabio hindú que, inspirado en las Upanisad, textos sagrados para el hinduismo, postula la identidad entre el alma encarnada y Brahman (la única realidad), no existiendo dualidad entre estos dos aspectos. Tal vez alcanzar la experiencia de Brahman, el absoluto, es alcanzar la experiencia advaita de no dualidad entre la tierra y el cielo.

  Ramana Maharshi está presente en varias ocasiones en el relato al formar parte fundamental de la búsqueda espiritual de la protagonista. Este sabio propuso el método de la auto-indagación como forma de ir eliminando todas esas falsas identificaciones que nos mantienen distantes de nuestro ser auténtico. Para la narradora esta técnica es parte de sus prácticas meditativas, las que son realizadas durante las primeras horas, cuando el sol y su hija Aurora todavía descansan: “Me levantaba a meditar cuando todavía era de noche y lo primero que veía por la ventana eran las montañas con su presencia indiscutible, intensa y, por momentos, agobiante” (40). Este escenario montañoso, oscuro y silencioso es el que la acompaña en su práctica cotidiana de contacto con su mundo interno.

  La protagonista explica del siguiente modo la técnica creada por Ramana, en la que principalmente somos guiados por la pregunta “¿Quién soy yo?”:

 

la idea es localizar la sensación «Yo soy» pero de manera indeterminada, sin decir «yo soy esto o aquello». Si aparece, por ejemplo, un pensamiento, uno se pregunta: ¿a quién se le aparece este pensamiento?, y de esa manera se vuelve a la sensación «Yo soy».  La técnica se llama en sánscrito atma vichara, y como todas las palabras en ese idioma antiguo y sagrado, tiene una sonoridad hermosa. (19).

 

  Esta auto-indagación no es un autoanálisis psicológico, ya que lo que busca no es comprender al yo individual, concreto, empírico, sino al Yo que trasciende la dimensión personal. Una sentencia de las Upanisad, “Conoce en ti aquello que, conociéndolo, todo se torna conocido”, nos remite a este Yo que, al ser conocido, nos abre a la comprensión de la totalidad, es decir, a la experiencia advaita de no dualidad entre todo lo que es.

  La narradora agrega que este proceso de indagación tal vez tenga relación con la posibilidad de encontrarse con ese observador imparcial, una conciencia testigo capaz de crear una distancia con sus identificaciones: “Más allá de todo esto, hay algo que mira con ecuanimidad, que no juzga. Siento que ubicar y sostener este espacio interior es parte de un proceso artesanal y específico para cada persona” (17). La práctica meditativa es un proceso que va sutilmente creando un espacio en el que aparecerá esa conciencia no identificada con la mente, el cuerpo ni las emociones, llevándonos a otra experiencia del ser, relacionada con la vacuidad; un horizonte vacío y fecundo que puede ser concebido como la base de toda experiencia. El observador imparcial reconoce que su ser se origina en este campo de vacuidad, lo cual puede ser expresado como el silencio que acompaña a cada palabra o, en palabras de Raimon Panikkar, importante filósofo del diálogo interreligioso, como la ausencia que se encuentra en cada presencia.

  Ahora bien, ¿es posible llevar una auténtica vida espiritual teniendo un anclaje a tierra tan fuerte como lo es la maternidad? Intuyo que una posible respuesta a esta pregunta se encuentra en esa aspiración por la simpleza que manifiesta la narradora. Tal vez una vida simple sea capaz de diluir las tensiones entre los diferentes ámbitos de la existencia. “Por último, me pareció que, de todas las aspiraciones posibles, la simpleza es la mejor que podría tener. ¿Es la espiritualidad, con sus dispositivos y teorías tan complicadas, un intento de volver a lo simple?” (39). El budismo Zen explica esta simpleza de la siguiente forma: “¡Qué maravilloso, cuan misterioso! Cargo la leña, saco agua del pozo”. En lo espontáneo y natural late el misterio, en nuestro hacer cotidiano podemos encontrar al espíritu, la complejidad está en transitar este camino de regreso a la vida y a su ritmo, lo cual es posible cuando vemos que el cielo y la tierra no son dos dimensiones separadas, sino que, tal como nos puede mostrar la primera luz de la aurora en la cima de la montaña, son manifestaciones de un mismo ser/vacuidad que respira en todas las cosas.

  La protagonista del relato toma refugio en la montaña, contactando allí con el misterio, el silencio y con un cierto ritmo que se manifiesta en la respiración.  

  Experiencia que ahora comparte con su hija.

Palabras sobre lo indefinible(Reflexiones sobre el libro La línea del desierto de Alicia Genovese, 2019, Ediciones Inubicalistas)


 

 

 

Y el espacio se abre tanto que se nubla.

Alicia Genovese

 

La mañana en la que comencé a leer La línea del desierto de Alicia Genovese escuché sobre un libro llamado La nube del no saber, texto de autor anónimo y que pertenece a la corriente mística del cristianismo. De alguna forma reconocí el hacer de la sincronicidad. La vida nos habla a través de estos encuentros.

Pensé en el poema y el desierto, ambos son espacios que al abrirse se nublan. Lugares donde lo uno se vuelve otro[1]. El no saber es parte de esta transformación, de esta apertura de lo uno para dar paso al desierto.

Las cosas guardan un desierto dentro. Cito del libro: “me dejo ir hacia un lugar perdido / un país detrás de las cosas. / Con un adiós imperceptible / el vacío comienza, / desaparecen los edificios, los autos, / los semáforos, que no son ahora / señales. / Ya no estás ahí, estás / en la ruta del desierto, / en marcha hacia lo inconexo, / lo áspero, lo faltante”.

La necesidad de la huida, irse cuando todo se cierra, cuando las sombras ya no forman parte de las cosas. Huir hacia lo faltante, lo ausente, huir al vacío. En otras palabras, huir hacia el acto creador.

“Hay en mi alma –confiesa Nietzsche– algo insatisfecho, algo que nunca se satisfará; y esto es lo que canta”. Es desde la falta que cantamos, que creamos, que escribimos. El desierto como parte de todo, ausencia que hace nacer al poema. Al inicio de todo está el vacío, ese punto en que la vida puede seguir su proceso, su despliegue.

“La distancia como fuente”, nos indica la poeta. La distancia, ese espacio entre lo uno y lo otro, un centro vacío que canta. ¿Cómo es este canto? Es algo inasible y leve, algo indeterminado y ausente que escapa al control. “La rigidez del control, un engaño”, señala la autora. El desierto acaba con la necesidad de controlar, de dirigir nuestra experiencia. Quien controla, quien vive en esa ilusión, jamás sabrá escuchar a la vida. No dejará que las cosas hablen, lo otro, la distancia.

Cito del libro: “Mejor dejar que las decisiones, / los cuidadosos argumentos / floten a su aire hasta encontrarse / con las cosas y que ellas / comiencen a decir, / te darán un lugar”.  Que lo otro comience a decir, a hablar desde sí y no desde nuestro hablar. Las cosas tienen su propio lenguaje. “¿Escuchaste a las cosas hablar? / ¿murmuraste su calma / cuando entras a tu casa?” Escuchar como una práctica cotidiana. Alicia nos habla de La respiración de las cosas, el ritmo. Todo posee un ritmo que es la forma en que la vida se presenta, es la manera en que la luz y la sombra respiran.

“Todo cambió después / de encender el fuego”. El espacio y el tiempo se convierten en otro, otro estado, otra forma de ser en que las cosas pierden su absoluto. El fuego nos hace mirar la noche que hay en los objetos, les entrega movimiento, borroneando sus límites.

El fuego nos transmite la sabiduría del desapego: “Todo lo que viene se va / todo lo que empieza se deshace”. Desapego a las formas, a los límites. Desapego de lo uno para dar lugar a la distancia.

Volver a lo simple a través del escuchar atento es también volver a esos elementos originarios que guardan en sí la historia del universo o de una vida. Cito del libro: “Debajo de la hoguera / donde ardieron / briznas, ramitas y leños / quedó grabado un círculo / oscuro, casi exacto; / un tatuaje del fuego. / Inapresable, / gira encendido todavía, / en su breve felicidad”. La historia de los elementos es circular, ciclos que se repiten en el agua, en la tierra, en el aire y en el fuego. Siento que esa es la intuición que se encuentra en esta imagen. El desapego es también dejarse ir en ese ciclo. Saberse parte de él.

Escuchar, afinar la atención hasta el punto de convertirse en desierto: atención plena o amor, ese estado en que lo otro se nos aparece en su verdad, en el que soltamos cualquier intento de manipulación sobre lo real para descansar en ella. Este amor es el nexo que la vida ha dispuesto para seguir siendo creada, desplegándose en cada acto creador: “y el universo / se empequeñece / para que lo ames”, nos señala la autora. El universo nos busca o se busca en nosotros. Se empequeñece en lo cotidiano, se manifiesta en esa simpleza. ¿Por qué hemos dejado de escuchar? Nos sentimos ajenos, hemos dejado de lado nuestra naturaleza atenta y nos hemos perdido en nombre de la utilidad. Ya no escuchamos, ya no amamos.

Cito del libro: “He llegado a casa, he llegado a casa. / Mientras dura el silbo entiendo, / el agua que hierve tiene valor / prender una hornilla tiene valor. / Pero uno deja de escuchar. / El adormecimiento fue haber dejado / de escuchar”.  En el adormecimiento y la alienación el valor de las cosas está en el uso que hacemos de ellas, no en su mera existencia, ya no poseen valor alquímico o de transformación interior para la persona que las contempla.

Cuando nos disponemos a escuchar y nos convertimos en atención plena despertamos de ese adormecimiento de los sentidos, despertamos a la vida y nos hacemos desierto. Somos afectados por el presente, por el acontecer sin más. Es en ese momento en que sentimos que hemos llegado a casa. En esa intimidad algo se abre, olvidamos los nombres y todo se vuelve experiencia directa. Como señala la autora “acercarse a las cosas requiere olvidar. / Cuando el sonido está en tu cuerpo / se abre una flor lenta”.

El sonido, el ritmo, el cuerpo como lugar de la experiencia. Algo se deja anunciar lentamente: un nacer nuevamente a las cosas, habitándolas en todo su acontecer y gratuidad.

El poema se vuelve el lugar que acoge esta gratuidad. Es la flor que lentamente se va abriendo en el desierto.

Cuando todo se olvida, cuando el espacio se abre tanto que ya no sabemos, comienza a nacer el sentido, pero un sentido que es latido y respiración. Un sentido dado por el ritmo, el respirar de las cosas.

“La calandria reaparece en lo alto, / desciende, habrá asociado / como los pájaros logran hacerlo / la tormenta, la caída, el peligro. / No sabrá de explicaciones / pero entiende de llamados. / Cuando lo alimenta / en el pico / ordena el no saber. / Construye un nido / sin hojas ni ramas / como los taoístas construían / el vacío, / el hueco / entre lo inerte / y el mundo que reverbera”. En ese estado de no saber de la calandria ocurre el llamado, la escucha atenta de un mundo que se comprende sin explicación, de manera intuitiva. La autora nombra a los taoístas para comprender el hacer de este pájaro. Un actuar desde el no hacer, desde la no acción, desde el hueco, el vacío. Este actuar es un no actuar, es solo ir en el movimiento de la vida.

El nido es un centro vacío, símbolo del inicio, la protección y el cuidado. En todo origen hay un nido, un vacío que nos cubre y, a su vez, nos conecta con la vida. El nido es imagen de nuestra confianza en el mundo. ¿Dónde se encuentra alojado? Pienso en el vientre, lo intuyo allí, en esa humedad que no es solo el nido materno, sino un nido que sigue actuando toda nuestra vida y está relacionado con las entrañas, con el corazón del vientre. Intuir es ir a ese centro, sentir su latido y desde allí actuar, siguiendo el movimiento natural de todo.

Cito del poema Preguntas para lo indefinible: “¿Cuál es tu desierto? / […] ¿Guarda el silencio de la roca / para escuchar el zumbido / del animal minúsculo? / ¿Tiene oído para lo que se desvanece? / ¿Tiene la percepción de algo que existe / pero queda más allá? / ¿Puede escribirse?”. El título del poema nos coloca inmediatamente en el plano del no saber, preguntas dirigidas al misterio, a lo indefinible, a lo que nos excede continuamente.

Nido, desierto, poema, vientre, todos son centros vacíos que nos llevan al silencio de la roca para escuchar al universo en lo pequeño. Es desde este centro que podemos escuchar lo que se desvanece.

El desierto es el misterio, lugar en el que solo contamos con nuestra ausencia. Allí nos perdemos, nos olvidamos en lo abierto, en ese afuera que late en el interior de las cosas. El espacio abierto nos anuncia que hemos llegado al límite, después solo el asombro como primer movimiento del ser, como una primera fisura.

 

 



[1]“En el desierto, uno se vuelve otro: el que conoce el peso del cielo y la sed de la tierra; el que ha aprendido a contar con su propia soledad”. Edmond Jabés, Del desierto al libro.  Epígrafe utilizado por Alicia Genovese en La línea del desierto.

sábado, 24 de noviembre de 2018

Un gesto del temblor (Palabras sobre el libro "Desierto Marino" de Luisa Aedo)

El libro de Luisa Aedo abre con un epígrafe de Elvira Hernández: “Nadie llega a puerto” e inmediatamente pienso en la ausencia, una ausencia que no es la nada, sino un ir y venir de árboles en la oscuridad, lleno de sombras, sonidos de un desierto que se abre en el cuerpo y lo convierte en agua. Este cuerpo ya no es puerto, todo se mueve en él, las cosas se escapan de sus nombres, voces que tampoco se aferran, temblor del ser desatado de sí mismo. Cito del poema “Todo escribir es bajo”:  todo escribir es desde/una sombra/ desde la piedra/ desde la sangre. Escribir es ir hacia aquel lugar que se entrega desde sí, la sombra, la piedra, la sangre, son murmullos del agua, no son territorio posible, no caen en una voluntad que nombra, se mueven en la mar sin esperar ser mirados, van y vienen, aparecen sin puerto, solo en el gesto del temblor. Allí está el misterio, la experiencia poética. Cito del poema “Mi sombra”: Una noche se despierta la niña. Pensar en nuestra primera memoria es ir hacia ese primer desvelo, el despertar del inicio, cuando todavía somos en la noche, ese estado místico con el mundo que de repente es roto por la consciencia de ser, existir. Escribir es alejarse de esa certeza, mirarla de lejos, por eso escribir es bajar, un hacer oscuro que se entrega en sombra, en negación, es el no- árbol, es el no- cielo, es el acto de sumergirse en aquello que está adentro y que escapa, entregándose en huella, en destello. La experiencia poética es una experiencia de agua, más allá de que estén todos los elementos, es el agua el medio que hace surgir una palabra, un gesto, un trazo, la poeta es quien espera, espera la experiencia, el instante de oscuridad en que todo se ve nuevamente, la poeta es el lugar del silencio para escuchar el movimiento del desierto marino. Pero en todo viaje hacia la noche se van encontrando relatos, voces de otros seres que van construyendo una historia, multiplicidades que nos acompañan en la espera del desierto. Pienso que lo poético puede ser un camino que nos lleva de vuelta a un sí mismo que es compartido, por tanto, la experiencia poética no se agota en el ámbito ontológico o estético, sino que trasciende a lo ético y político, a la relación con otros. El camino hacia adentro se ve marcado por el afuera, en una eterna dialéctica. Cito el poema “Segundo encuentro”: Siento al contemplar la vida/ veo, palpo desde fuera/ el mundo/ a mi alrededor/ los demás/ los que están dentro. Ese movimiento de ruta que va de los otros hacia uno, que va del ser al no ser, es la historia de una poeta que escucha las voces, las diferentes voces que atraviesan su ausencia, movimiento que construye desde sus primeros años al ser consciente de las circunstancias que la determinan. La primera parte del libro se denomina “Primer desierto marino, pobre/San Antonio” y se inicia con un poema denominado “Primer tránsito” en el que dice lo siguiente:  Pequeña subo mi cerro/ la mar se ve a lo lejos/ como siempre/ y no desde mi ventana. La mar es lo lejano velado, no está a la mano, este poema nos deja ver esta distancia determinada por las condiciones materiales de existencia, pienso ahora en una niña boliviana, que no solo debe subir su cerro, sino cruzar una frontera para poder conocer el agua, cruzar el egoísmo de los dueños de la tierra y del mar que ven solo recursos y no rostros ni almas. Lo poético es también esto, escuchar el alma común, conmoverse, temblar ante la herida que van dejando quienes olvidan que son parte también de esta alma. Ennio Moltedo dice “Si pones el oído sobre la tierra desnuda, escucharás claramente el nombre de los asesinos”. Luisa Aedo también habla de esto en su poema “Voces”: hay tantas, tantas voces/ voz madre-abuela/ dijo que eran todos asesinos, / pero en voz baja/ siempre en voz baja. La tierra murmura su dolor, el desierto marino lleva cuerpos que jamás llegaron a puerto, desaparecidos, eterno retorno de la desaparición, a cada instante alguien no llega a puerto. Escribir es ir a lo bajo no solo de uno mismo, sino a la sombra de la humanidad, al dolor, al monstruo que habita en nosotros y que es capaz de destruir todo signo de alma sobre la tierra. Escribir como el intento de mirar el agua, más allá de todo impedimento material, ver con los ojos de adentro, introducirse sin miedo a su oscuridad, llegar a ese momento en que, como dice Luisa, El viaje marino abruptamente/ se apaga. ¿Qué pasa después de ese instante? Dejemos que el misterio avance, no responder la pregunta, suspender el juicio, no intentar un sentido, porque toda identificación es la negación del desierto marino, es lo que se nos escapa al momento de fijarlo, de nombrarlo, dejar ser es encaminarse hacia él, sin saberlo, sin esperarlo, incluso pensarlo perdido o inexistente, dejar que avance en nosotros sin preguntar, sin exigir una respuesta, dejar que se vaya abriendo camino en el vacío que somos en el fondo

domingo, 15 de julio de 2018

En lugar de la certeza (Palabras sobre el libro “Color Hormiga” del poeta Chiri Moyano. Ediciones Inubicalistas, julio 2018)



                Es a la vida adonde intentamos llegar en la poesía
Wallace Stevens

Este texto piensa construir el camino de una interpretación que no se aleje demasiado del poema, o, dicho de otra manera, un texto sobre la experiencia de la lectura del libro “Color hormiga” de Chiri Moyano. Experiencia que, a través de la materia y la naturaleza, nos muestra un acceso a lo simbólico, a la sombra, al vaciamiento y al dolor. Imágenes primitivas cercanas a lo arquetípico, pero que mantienen siempre un elemento situado.
Para partir quisiera hablar del poema como aquello que devela el tramado, los trazos que va dejando una realidad muchas veces inaccesible en otras modalidades de la palabra. Es una mirada hacia adentro que nos revela el afuera, la naturaleza, el hallazgo de una continuidad entre las cosas de un mundo y nosotros. Palabra que en su gratuidad nos entrega el acontecimiento y nos relaciona con los hechos, con lo real, por eso Stevens dice que el poema es aquello que aumenta nuestra sensación de realidad y nos aproxima a la vida. El poema “Color hormiga”, que le da nombre e inicia el libro de Chiri Moyano, nos abre una oportunidad de interpretar esta relación entre la poesía y el mundo.

La hormiga rubia
sube a la copa del árbol,
a buscar el fuego del sol.

La hormiga negra
baja a las raíces del árbol,
a buscar la sangre de la sangre.

Poema sobre la continuidad, el árbol es el acceso al arriba y al abajo, simbólicamente es el centro del mundo, verticalidad que hace posible el diálogo entre una vida subterránea y una vida hasta el cielo. La hormiga se sabe reflejo, por eso su color determina su ascenso o descenso, a la copa o las raíces, buscando la luz o la sangre. La naturaleza y su eterno retorno en lo micro y en lo macro de las cosas. Este poema es la entrada a una escritura que observa las señales de ruta de una naturaleza que se va perdiendo en lo inhóspito, ocultándose, pero dejando pequeñas marcas de su dolor y su ausencia. Cito del poema Detrás de la ventana: “observando cómo se seca el canelo/ en la selva de cemento”. Se seca lo sagrado por el desencantamiento del mundo, la decadencia es la nueva máscara de una humanidad que niega la dimensión del sentido. Chiri Moyano escribe sobre esta expulsión de lo sagrado y la carga psicológica que lleva a un sujeto a sentirse abandonado, huérfano de una naturaleza que le entregaba su dirección y su centro. Con la muerte del árbol sagrado por un cemento que avanza, ¿cómo reconocer el centro del mundo? Cito del poema Lágrimas: “Dios no vino a trabajar/ se quedó en la muda casa del olivo”. Dios se ausenta, se retira a lo íntimo, a la mudez de la casa de un árbol sagrado, donde no hay verbo para seguir en la creación de un mundo. El verbo se ha retirado, no hay sentido primero, hay ausencia, el rayo de dios no atraviesa las tinieblas, se queda en lo indiferenciado, en lo materno, en la contención de un universo anterior a su nacimiento. El poema Los abandonados nos entrega esta orfandad absoluta.  Cito un fragmento: “Una casa abandonada/ con gatos abandonados/ con ventanas abandonadas/ con un hombre abandonado.”
¿Abandonados por quién? pienso en Blanchot cuando dice que “profundizando el verso el poeta entra en ese tiempo del desamparo que es la ausencia de los dioses...Quien profundiza el verso escapa del ser como certeza”. Esta orfandad interior a la que se enfrenta el poeta, este abandono del sentido, es la dimensión existencial a la que nos conduce Moyano. La casa abandonada es la desacralización del mundo interior del ser humano y un símbolo del inconsciente, el árbol también apunta a la misma interioridad, ambos son hogar, protegen de la lluvia, del sol, son la sombra que nos oculta de lo externo. La casa es, citando a Bachelard “un instrumento para afrontar el cosmos”, ¿qué hacer cuando aquel instrumento se abandona, cuando no existe la confianza en aquel nido?  Perderse en la incertidumbre y en el horror de esta orfandad, escuchar la ausencia, lo que comienza a nacer como murmullo en la poesía de Moyano, murmullo de agua, pero esta agua no fluye, sino que está estancada, abandonada también por el sentido. Aguas podridas, símbolo de la muerte, materia que en su estancamiento aumenta la profundidad del dolor. Cito a Bachelard nuevamente: “para la imaginación todo lo que corre es agua”, es la materialidad del devenir y la manera de mirar el tiempo, el agua que no corre, que está podrida y estancada, es la imagen de un abandono radical respecto a la vida y su sentido.  Es así que el poema empieza a tomar el lugar que ha dejado libre la certeza, nace como manifestación de este desprendimiento. Cito el poema Viaje: “Con poco equipaje/ y una triste historia de vida/ en blanco y negro/ que sube/ y baja/ como ese botecito que veo al final del mar/ que gira donde lo lleva el viento/ que sube/ y baja.”
La vida al desatarse del sentido y de la certeza se convierte en un fragmento que sube y baja por la marea y el viento, un desastre como diría Blanchot, aquello separado de su astro, de la estrella que le daba un origen al viaje de la luz por el universo. Ya no hay astro, la luz viaja sin origen y sin destino, como la vida de un ser humano que ha abandonado toda certeza. ¿Qué hace la hormiga si el árbol se seca? ¿Cómo reconocerá su destino?
Hay momentos en el libro de Moyano donde la casa no está abandonada, tampoco el ser humano se ha abandonado, hay una intimidad compartida que hace olvidar la soledad inevitable, la carga del desencantamiento del mundo. Como en el poema Vienes a verme, la visita de alguien nos regresa a un hogar como refugio, un retiro que nos devuelve la confianza en los asuntos cotidianos, la tranquilidad de las cosas simples. Cito: “Vienes a casa/con la blusa de seda que te regaló tu madre, / con los ojos pintados. / Vienes a conversar conmigo/ a tomar vino conmigo/ a leer y hablar de poesía conmigo / a dormir conmigo. / Cocino porotos granados/ charquicán/ cazuela de vacuno/ y tú/ me zurces la basta de un pantalón regalado/ de ropa americana.”  El acto simple nos revela el misterio, el amor no puede mostrarse a través de una concepción mental, es el develamiento de su naturaleza en los actos cotidianos como podemos tener esa experiencia, por eso Stevens dice que todo poeta debe tener algo de campesino, cercano a la naturaleza de las cosas y no a sus nombres o conceptos: cercano a la vida. El ser humano de las ciudades contemporáneas ha perdido este contacto, ha olvidado la vida en nombre del funcionamiento de un mundo que tampoco desea, que le parece contrario a sí mismo, que le causa incomodidad. El cemento avanza al mismo tiempo que su desconexión con la existencia. Es que ya no entendemos los signos del cielo, de la lluvia, las estaciones, este mundo se nos ha vuelto completamente ajeno.
Moyano termina su libro con el siguiente poema, denominado En medio de la cama: “Abandonado como un trapo sucio/ en medio de la cama/ insomnio, desvelo. / Amores definitivamente perdidos/ amistades lejos de casa.”  Vuelve el abandono, todos están lejos de casa, la soledad inevitable de un ser humano que se abandona a sí mismo. A la deriva, la casa no ayuda a enfrentar el cosmos, lo externo, el poeta en el desierto, a la intemperie. Recuerdo un verso de Arto Melleri “Desgraciado es aquel que no tiene una sombra en su interior”, sombra que lo ayude a cruzar el desierto, que lo ayude a afrontar su propia muerte, su suicidio en la casa abandonada. Soportar el silencio, empezar a escribir desde esa cicatriz, desde ese dolor del que agoniza. Abandonar toda certeza, incluso la certeza de uno mismo, la única forma de empezar una relación real entre la escritura y la vida. La experiencia poética necesita de un sujeto perdido, porque es hallazgo, don y acogida.


lunes, 25 de junio de 2018

¿Qué hacer con lo humano?




Peligro de que el desastre adquiera sentido en lugar de adquirir cuerpo
                                                                                 Blanchot


Lo contrario al sentido es el cuerpo, fragmentos sin centro ni destino. ¿Qué hacer con lo humano? De mí nace un nido, el pájaro sabe que soy árbol cuando dejo de creer en Dios. Algo respira al medio de un bosque, busco esa respiración, una palabra primera que me ayude en el desastre. Es que el silencio eterno de los espacios infinitos me aterra. ¿Qué hacer con lo humano? Dejar que la tierra se abra paso en la pregunta, no responder, ver como se abre la muerte, llegar a ese punto de la muerte, de esa experiencia que me arranco con el lenguaje y los espejos; monumentos que están en el lugar del tiempo. El desastre vuelve, sangre que da paso a un otro, expulsar a ese otro, expulsarme de manera que no quede ningún rastro de mí en él, radicalizar mi ausencia, que nos separe un infinito para que todo intento de sentido sea imposible. ¿Qué hacer con lo humano? Separar las manos de mi voz para que ellas no tengan la palabra por comienzo. Lo humano y lo íntimo, ¿qué hay en cada intimidad? En cada espacio tenue nace lo íntimo, lo que queda en la sombra y se vuelve abrazo. ¿Qué más íntimo que el desastre? Nada. El desastre es el espacio de una intimidad que no se ha reducido a uno mismo. Vuelvo a los pájaros, es que en ellos hay una respuesta acerca de mí, de nosotros, el desastre es un pájaro que confía, que se entrega, que acoge a cada instante sin imponer un hacer, una dirección. ¿Qué hacer con lo humano? Quedarse en la pregunta, quedarse, ver como se transforma en agua, volver del hacer, desvivir, pero no queriendo volver al origen, partir de nuevo desde un lugar que no es comienzo, partir de cualquier punto, sabiendo que la muerte nos atrae, nos envuelve. Y así lo humano se desprende de lo humano para nacer nuevamente del dolor, del desgarro de un cuerpo que escondemos al darle un nombre y un principio. No hay imagen ni semejanza, solo miembros colocados de tal manera que nos proporcionan un lugar, un espacio para habitar el desastre. 


                                                                          Natalí Aranda Andrades                                                   




Grabados de Nicolás Sartori, disponibles en librería Concreto Azul,  Cumming 94, Valparaíso














martes, 12 de junio de 2018

Clases de pintura con Amaltés!!!!!

Clases de pintura con David Amaltes en la ciudad de Viña del Mar. Más de 40 años de trayectoria como pintor. Una vez por semana, clases de dos horas. Interesados llamar o dejar un mensaje al contacto +56991354700 o al +56948750081. Les dejo una muestra de sus obras.





domingo, 18 de marzo de 2018

La deshumanización de la educación

Hace algunos días escribí en la pizarra de un curso de 3º medio el imperativo griego “Conócete a ti mismo”. La clase fue una reflexión sobre este aforismo y una creación de preguntas y respuestas que nos ayudaron en la búsqueda de su comprensión más profunda. El ejercicio filosófico se convirtió en una espiral que se iba abriendo cada vez más a partir del diálogo entre iguales.
Camino a casa pensaba en este momento, en la filosofía como ese instante que tiene el estudiante para volver la mirada sobre sí mismo e identificarse menos con lo externo y con la urgencia del funcionamiento constante.
La filosofía es ese espacio que le damos a la paciencia, me atrevería a decir incluso que es un estado natural en nosotros, es en él donde hay tiempo para conmoverse por el abismo de nuestra propia ignorancia, momento crucial para ejercer la actividad de todas las facultades que nos determinan como seres pensantes y creativos. El sujeto que no se mira a sí mismo se pierde, se aliena al objeto y comienza a ser solo un instrumento más, un medio para fines que le son ajenos. Este es el fin de la deshumanización de la educación, porque quien se examina a sí mismo, retorna a su ser, se reencuentra con esa humanidad perdida. Y digo humanidad, porque este examinarse nos lleva finalmente a acercarnos a todo lo que existe, no solo a nosotros como individuos, sino a toda alteridad. Ser conscientes de lo que somos es ser conscientes y aceptar de mejor forma lo que otros son. El conócete a ti mismo lleva implícito una cierta universalidad que no es la eliminación de la diferencia, sino su aceptación radical.
Como consecuencia de esta acción de conocer lo que somos se despierta una incomodidad, una inquietud por lo poco humano y natural que es el contexto o el sistema de vida que nos envuelve y nos traspasa. La persona capaz de conmoverse hasta su raíz por esta incongruencia siente el despertar de su voluntad, haciendo del pensar no solo un territorio de lo posible, sino también de lo real. El pensar y el ser se identifican en la lucha por cambiar las condiciones de existencia que son inconsistentes con lo que somos. La filosofía es uno de los pocos lugares que tiene el estudiante para pensarse y construirse desde la libertad, desde el escuchar a otros y escucharse hablar a otros, es la ventana para respirar un poco de aire dentro de la asfixia que nos provoca el sistema educativo, tan funcional al sistema económico. Es el momento donde el ser humano puede sentir la náusea y su angustia, pero también la búsqueda de sentido. Como profesora de filosofía estoy completamente convencida de que todos los jóvenes de este país tienen derecho a pensar y hacer un mundo del cual se sientan parte. Esta asignatura en los colegios otorga la oportunidad a los jóvenes de colaborar en la construcción del conocimiento, haciéndolos sujetos activos y responsables de sí mismos y de los otros. Es una experiencia ética, política, psicológica e incluso estética que no podemos abandonar y relegar a un segundo plano o a su inexistencia en el nombre de la pertinencia curricular. ¿Por qué y para qué estamos educando? Estos cuestionamientos a la filosofía nos hacen observar lo lejano que estamos de lo humano en favor de un funcionamiento mezquino y alienante. Nos hacen entender la escuela como lo contrario al ejercicio de la libertad, como un condicionamiento clásico de mentes y de cuerpos. No quiero ser responsable de todo esto, por eso declaro firmemente que todas y todos tienen derecho a la filosofía.