domingo, 25 de octubre de 2015

Fragmentos de la otra orilla


Oigo latir la luz del otro lado
Octavio paz

¿Por qué escribir? Y más aún ¿Por qué escribir poesía? ¿Tiene sentido hacer estas preguntas? Existe una natural tendencia a querer fundamentar nuestro hacer, a la búsqueda de uno o múltiples sentidos que le den soporte a nuestra praxis. Tal vez el porqué se escribe poesía, su razón, se encuentre en la poesía misma, como algo que se muestra y no se dice, no se expresa o no cae dentro de una proposición con sentido, como diría Wittgenstein. Escribir poesía posee un fundamento inmanente, algo que se muestra en el hacer y no necesita una explicación que la trascienda. “Porque escribí estoy vivo” nos dice Lihn, haciendo de la poesía el élan vital para continuar en el mundo. ¿En qué sentido sería ella una especie de motor de la existencia? Tal vez esté relacionada con el desgarro y la conciencia de la otredad constitutiva. ¿A qué me refiero? Me refiero a Rimbaud cuando dice “Yo soy otro”, en ese verso el poeta manifiesta su conciencia de la condición humana. Conciencia del desgarro y de la herida que significa verse separado del mundo, ver que existe algo distinto al propio cuerpo. En el mito Adán y Eva les duele su conciencia de la desnudez, han sido desgarrados de la naturaleza, de su estado de igualdad. A quien le duele su desnudez se sabe objeto de la mirada de otro. La palabra como imagen tal vez es el intento de unir al sujeto con el mundo, de volver a esa desnudez indolora, de conectar ambos bordes de la herida, haciendo del yo un tránsito constante entre dos paralelas que finalmente se intersectan en algún punto por el hacer poético. Wallace Stevens declara: “la poesía descubre la relación de los hombres con los hechos”, una revelación de la otra orilla, de lo que cotidianamente se encuentra oculto, pero que está allí a la espera del salto, porque ir a la otra orilla es dar un salto hacia lo indeterminado. El poema se resuelve en la revelación de aquel pequeño instante que late eternamente en la otra orilla.
Nuestro yo contiene la otredad, por tanto el salto hacia lo otro es hacia nosotros mismos. Ser yo es ser todas las voces y rostros a la vez, existir significa estar abierto a lo que acontece, ser tránsito, tener presente que la conciencia es actividad, jamás esencia o sustancia, la conciencia se mueve entre orillas. El papel de la memoria juega un rol central en este tránsito del yo, porque es quien le entrega la permanencia al ser abierto que somos cada uno de nosotros. Memoria plagada de otras voces, un yo plagado de memorias que muchas veces no son acontecimientos vividos por el propio sujeto, pero pasan a formar parte de él. “Cuando comencé a escribir este libro recorrí la maraña de seres parlantes que me habitan en el rincón de lo privado” dice Verónica Zondek en el texto que da comienzo a su libro Por gracia de hombre. Lo privado habitado por otros, abierto a lo colectivo, como un fenómeno plural, porque lo privado nace de la actividad que es la conciencia y la conciencia, parafraseando a Heidegger, se encuentra arrojada al mundo. Quisiera representar esa conciencia y el mundo privado que se genera a partir de ella como un espejo que refleja lo otro y que hace que eso otro termine habitando en uno, la memoria es eso, otro aspecto del mismo objeto. Una de las cualidades del espejo que es la memoria es el romper con el principio lógico de no contradicción, “Esta es mi casa y ya no es” como dice Verónica en su poema Progreso, la memoria rompe con el principio lógico al afirmar que todo lo que no es sigue siendo en algún lugar de nuestro mundo privado y la poesía viene a ser una continuidad de ese quiebre, al darle simultaneidad de existencia a dos elementos contradictorios. Y aún así el poema poesee coherencia, su unidad no se ve rota porque los principios lógicos pertenecen a esta orilla, no a la otra, más ligada al sueño.
En el libro Instalaciones de la memoria se da un diálogo entre fotografía y palabra, donde lo visual pasa a ser un espejo que refleja la imagen creada por el verso. Ambas se comprenden en ese diálogo, en esas preguntas por la memoria, por el ausente. Los fragmentos unen al yo con lo otro. “¿Los ausentes/dónde están?” Le pregunta Verónica a los fragmentos, al marco de una ventana, al orificio de una pared “¿Quién vio y dejó de mirar?/¿Qué vemos nosotros?” Memoria cargada de desierto, de “un hábito de nada” de lo que fue y sigue siendo en la mirada de uno. ¿Qué vemos nosotros? Una pregunta que lleva un supuesto ético, un hacerse cargo de la mirada, del fragmento que queda y que construye la historia. “En la pampa habita un testimonio que susurra el tiempo“ y somos “el ojo que recoge las estalacticas del aullido petrificado hasta fijar una tembladera en el alma, suspendida como huella que fuere y repitiese en hondos tartamudeos los andares anteriores, para que el signo se hiciese necesario y la voz y la mirada” Signo necesario es aquel que se hace cargo del testimonio que el tiempo susurra en la materialidad del viento. Signo que acompaña a los fragmentos, no solo de la pampa, sino también a los fragmentos de nuestra sangre: en cada uno habita tanto tiempo, nacimos con anterioridad a nosotros mismos, somos consecuencia de un pasado remoto. En el Hueso de la memoria Verónica Zondek dice: “Un mausoleo/perdura/Trepa el tiempo” El hueso es aquello que perdura, más allá de toda contingencia, “es la única constancia que no se descompone”. Es el principal fragmento para hacernos cargo de lo otro, de la historia que espera ser contada. El desierto, es en este sentido, un puñado de huesos despojados cruelmente de su carne. ¿Cómo no pensar en las mujeres de la pampa buscando todavía rastros de algún familiar asesinado y escondido en esa imagen del vacío? ¿Cómo no pensar en los hombres y mujeres que habitaron alguna vez lo que hoy solo son escombros? Los huesos son testimonio de la otredad, ir hacia ellos es saltar a la otra orilla, saltar no solo para ligar dualidades y fragmentos de tiempo y espacio, no solo para romper con principios lógicos, sino que ese salto es profundamente ético, no se queda solo en una dimensión estética, contemplativa, sino que es un mandato de la historia. ¿Por qué escribir poesía? Porque la poesía es también testimonio de los fragmentos, de los huesos, de las instalaciones, del despojo de la carne y de la memoria. 


Natalí Aranda

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