Oigo
latir la luz del otro lado
Octavio
paz
¿Por
qué escribir? Y más aún ¿Por qué escribir poesía? ¿Tiene
sentido hacer estas preguntas? Existe una natural tendencia a querer
fundamentar nuestro hacer, a la búsqueda de uno o múltiples
sentidos que le den soporte a nuestra praxis. Tal vez el porqué se
escribe poesía, su razón, se encuentre en la poesía misma, como
algo que se muestra y no se dice, no se expresa o no cae dentro de
una proposición con sentido, como diría Wittgenstein. Escribir
poesía posee un fundamento inmanente, algo que se muestra en el
hacer y no necesita una explicación que la trascienda. “Porque
escribí estoy vivo”
nos dice Lihn, haciendo de la poesía el élan vital para continuar
en el mundo. ¿En qué sentido sería ella una especie de motor de la
existencia? Tal vez esté relacionada con el desgarro y la conciencia
de la otredad constitutiva. ¿A qué me refiero? Me refiero a
Rimbaud cuando dice “Yo
soy otro”, en
ese verso el poeta manifiesta su conciencia de la condición humana.
Conciencia del desgarro y de la herida que significa verse separado
del mundo, ver que existe algo distinto al propio cuerpo. En el mito
Adán y Eva les duele su conciencia de la desnudez, han sido
desgarrados de la naturaleza, de su estado de igualdad. A quien le
duele su desnudez se sabe objeto de la mirada de otro. La palabra
como imagen tal vez es el intento de unir al sujeto con el mundo, de
volver a esa desnudez indolora, de conectar ambos bordes de la
herida, haciendo del yo un tránsito constante entre dos paralelas
que finalmente se intersectan en algún punto por el hacer poético.
Wallace Stevens declara: “la
poesía
descubre la relación de los hombres con los hechos”,
una
revelación de la otra orilla, de lo que cotidianamente se encuentra
oculto, pero que está allí a la espera del salto, porque ir a la
otra orilla es dar un salto hacia lo indeterminado. El poema se
resuelve en la revelación de aquel pequeño instante que late
eternamente en la otra orilla.
Nuestro
yo contiene la otredad, por tanto el salto hacia lo otro es hacia
nosotros mismos. Ser yo es ser todas las voces y rostros a la vez,
existir significa estar abierto a lo que acontece, ser tránsito,
tener presente que la conciencia es actividad, jamás esencia o
sustancia, la conciencia se mueve entre
orillas. El papel de la memoria juega un rol central en este tránsito
del yo, porque es quien le entrega la permanencia al ser abierto que
somos cada uno de nosotros. Memoria plagada de otras voces, un yo
plagado de memorias que muchas veces no son acontecimientos vividos
por el propio sujeto, pero pasan a formar parte de él. “Cuando
comencé a escribir este libro recorrí la maraña de seres parlantes
que me habitan en el rincón de lo privado” dice Verónica Zondek
en el texto que da comienzo a su libro Por
gracia de hombre.
Lo privado habitado por otros, abierto a lo colectivo, como un
fenómeno plural, porque lo privado nace de la actividad que es la
conciencia y la conciencia, parafraseando a Heidegger, se encuentra
arrojada al mundo. Quisiera representar esa conciencia y el mundo
privado que se genera a partir de ella como un espejo que refleja lo
otro y que hace que eso otro termine habitando en uno, la memoria es
eso, otro aspecto del mismo objeto. Una de las cualidades del espejo
que es la memoria es el romper con el principio lógico de no
contradicción, “Esta es mi casa y ya no es” como dice Verónica
en su poema Progreso,
la
memoria rompe con el principio lógico al afirmar que todo lo que no
es sigue siendo en algún lugar de nuestro mundo privado y
la
poesía viene a ser una continuidad de ese quiebre, al darle
simultaneidad de existencia a dos elementos contradictorios. Y aún
así el poema poesee coherencia, su unidad no se ve rota porque los
principios lógicos pertenecen a esta orilla, no a la otra, más
ligada al sueño.
En
el libro Instalaciones
de la memoria se
da un diálogo entre fotografía y palabra, donde lo visual pasa a ser un espejo que refleja la imagen creada por el verso. Ambas se
comprenden en ese diálogo, en esas preguntas por la memoria, por el
ausente. Los fragmentos unen al yo con lo otro. “¿Los ausentes/dónde
están?” Le pregunta Verónica a los fragmentos, al marco de una
ventana, al orificio de una pared “¿Quién vio y dejó de
mirar?/¿Qué vemos nosotros?” Memoria cargada de desierto, de “un
hábito de nada” de lo que fue y sigue siendo en la mirada de uno.
¿Qué vemos nosotros? Una pregunta que lleva un supuesto ético, un
hacerse cargo de la mirada, del fragmento que queda y que construye
la historia. “En la pampa habita un testimonio que susurra el
tiempo“ y somos “el ojo que recoge las estalacticas del aullido
petrificado hasta fijar una tembladera en el alma, suspendida como
huella que fuere y repitiese en hondos tartamudeos los andares
anteriores, para que el signo se hiciese necesario y la voz y la
mirada” Signo necesario es aquel que se hace cargo del testimonio
que el tiempo susurra en la materialidad del viento. Signo que
acompaña a los fragmentos, no solo de la pampa, sino también a los
fragmentos de nuestra sangre: en cada uno habita tanto tiempo,
nacimos con anterioridad a nosotros mismos, somos consecuencia de un
pasado remoto. En
el Hueso de la memoria Verónica
Zondek dice: “Un mausoleo/perdura/Trepa el tiempo” El hueso es
aquello que perdura, más allá de toda contingencia, “es la única
constancia que no se descompone”. Es el principal fragmento para
hacernos cargo de lo otro, de la historia que espera ser contada. El
desierto, es en este sentido, un puñado de huesos despojados
cruelmente de su carne. ¿Cómo no pensar en las mujeres de la pampa
buscando todavía rastros de algún familiar asesinado y escondido en
esa imagen del vacío? ¿Cómo no pensar en los hombres y mujeres que
habitaron alguna vez lo que hoy solo son escombros? Los huesos son
testimonio de la otredad, ir hacia ellos es saltar a la otra orilla,
saltar no solo para ligar dualidades y fragmentos de tiempo y
espacio, no solo para romper con principios lógicos, sino que ese
salto es profundamente ético, no se queda solo en una dimensión
estética, contemplativa, sino que es un mandato de la historia. ¿Por
qué escribir poesía? Porque la poesía es también testimonio de
los fragmentos, de los huesos, de las instalaciones, del despojo de
la carne y de la memoria.
Natalí Aranda
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