domingo, 9 de junio de 2024

Reseña del libro “La luz y la montaña” de Soledad Urquia.

 

 

Sentí que las montañas siempre fueron mi refugio, mi lugar

  donde esconderme para después poder salir al mundo.

Ahora lo comparto con mi hija.

Soledad Urquia.

 

  La novela, escrita a modo de diario autobiográfico, nos relata el proceso vital de una mujer que transita una búsqueda espiritual y paralelamente vive la experiencia de la maternidad. La narración refleja las tensiones que surgen del encuentro de estas dos dimensiones y el proceso de integrar ambos mundos sin que el hecho de ser madre signifique la renuncia al espíritu, aspecto sumamente relevante en su vida, ya que continuamente ha sentido el llamado de renunciar/huir del mundo para refugiarse en el sendero del desarrollo espiritual: “Por razones que no sabría explicar, nunca dudé de que la íbamos a tener, si bien sentía que avanzar con el embarazo implicaba renunciar a todas mis aspiraciones espirituales” (27). Aspiraciones que la han acompañado desde muy joven y que podemos ir reconociendo en las prácticas que realiza, las cuales en su gran parte son constitutivas de filosofías y religiones orientales, más específicamente de escuelas espirituales de la India.

  A través de técnicas meditativas se interna en un hondo proceso de autodescubrimiento. La montaña, en su sentido concreto y simbólico, es una metáfora de esta búsqueda y un aspecto central en su vida: “Me parecía que vivir al pie de una montaña era algo kármico en mi vida o una compulsión a la repetición de mi inconsciente, dos conceptos que a veces siento que se refieren a lo mismo” (40). Esto lo podemos visualizar en la decisión de abandonar el entorno urbano de la ciudad de Buenos Aires para internarse junto a su familia en el montañoso paisaje de Traslasierra en la provincia de Córdoba, y también lo podemos observar en su viaje a la India, donde vivió al pie de la Montaña Sagrada de Arunachala en el pueblo de Tiruvannamalai, lugar en el que se encuentra el Ashram de Ramana Maharshi (1879-1950), sabio hindú por el cual desarrolló una actitud devocional.

  Respecto a la identificación o repetición kármica o inconsciente de este hecho, puede ser interesante lo que indica el estudioso del símbolo, Juan Eduardo Cirlot, acerca del sentido místico que tiene la cima de la montaña al ser concebida como el punto en el que la tierra y el cielo se unen. Esta idea puede ser bastante reveladora para entender su presencia en la vida de la protagonista de la novela, ya que su intento de armonizar la maternidad y su vida espiritual puede concebirse como un intento de unir la tierra y el cielo. Un proceso de aprendizaje relacionado con la capacidad de integrar ambos mundos en el camino hacia la realización y el reconocimiento de lo que somos.

  Dentro de esta búsqueda, la narradora nombra al Advaita Vedānta, una escuela espiritual y filosófica de la India que toma forma gracias a Śaṁkara (788-820 d.C.), sabio hindú que, inspirado en las Upanisad, textos sagrados para el hinduismo, postula la identidad entre el alma encarnada y Brahman (la única realidad), no existiendo dualidad entre estos dos aspectos. Tal vez alcanzar la experiencia de Brahman, el absoluto, es alcanzar la experiencia advaita de no dualidad entre la tierra y el cielo.

  Ramana Maharshi está presente en varias ocasiones en el relato al formar parte fundamental de la búsqueda espiritual de la protagonista. Este sabio propuso el método de la auto-indagación como forma de ir eliminando todas esas falsas identificaciones que nos mantienen distantes de nuestro ser auténtico. Para la narradora esta técnica es parte de sus prácticas meditativas, las que son realizadas durante las primeras horas, cuando el sol y su hija Aurora todavía descansan: “Me levantaba a meditar cuando todavía era de noche y lo primero que veía por la ventana eran las montañas con su presencia indiscutible, intensa y, por momentos, agobiante” (40). Este escenario montañoso, oscuro y silencioso es el que la acompaña en su práctica cotidiana de contacto con su mundo interno.

  La protagonista explica del siguiente modo la técnica creada por Ramana, en la que principalmente somos guiados por la pregunta “¿Quién soy yo?”:

 

la idea es localizar la sensación «Yo soy» pero de manera indeterminada, sin decir «yo soy esto o aquello». Si aparece, por ejemplo, un pensamiento, uno se pregunta: ¿a quién se le aparece este pensamiento?, y de esa manera se vuelve a la sensación «Yo soy».  La técnica se llama en sánscrito atma vichara, y como todas las palabras en ese idioma antiguo y sagrado, tiene una sonoridad hermosa. (19).

 

  Esta auto-indagación no es un autoanálisis psicológico, ya que lo que busca no es comprender al yo individual, concreto, empírico, sino al Yo que trasciende la dimensión personal. Una sentencia de las Upanisad, “Conoce en ti aquello que, conociéndolo, todo se torna conocido”, nos remite a este Yo que, al ser conocido, nos abre a la comprensión de la totalidad, es decir, a la experiencia advaita de no dualidad entre todo lo que es.

  La narradora agrega que este proceso de indagación tal vez tenga relación con la posibilidad de encontrarse con ese observador imparcial, una conciencia testigo capaz de crear una distancia con sus identificaciones: “Más allá de todo esto, hay algo que mira con ecuanimidad, que no juzga. Siento que ubicar y sostener este espacio interior es parte de un proceso artesanal y específico para cada persona” (17). La práctica meditativa es un proceso que va sutilmente creando un espacio en el que aparecerá esa conciencia no identificada con la mente, el cuerpo ni las emociones, llevándonos a otra experiencia del ser, relacionada con la vacuidad; un horizonte vacío y fecundo que puede ser concebido como la base de toda experiencia. El observador imparcial reconoce que su ser se origina en este campo de vacuidad, lo cual puede ser expresado como el silencio que acompaña a cada palabra o, en palabras de Raimon Panikkar, importante filósofo del diálogo interreligioso, como la ausencia que se encuentra en cada presencia.

  Ahora bien, ¿es posible llevar una auténtica vida espiritual teniendo un anclaje a tierra tan fuerte como lo es la maternidad? Intuyo que una posible respuesta a esta pregunta se encuentra en esa aspiración por la simpleza que manifiesta la narradora. Tal vez una vida simple sea capaz de diluir las tensiones entre los diferentes ámbitos de la existencia. “Por último, me pareció que, de todas las aspiraciones posibles, la simpleza es la mejor que podría tener. ¿Es la espiritualidad, con sus dispositivos y teorías tan complicadas, un intento de volver a lo simple?” (39). El budismo Zen explica esta simpleza de la siguiente forma: “¡Qué maravilloso, cuan misterioso! Cargo la leña, saco agua del pozo”. En lo espontáneo y natural late el misterio, en nuestro hacer cotidiano podemos encontrar al espíritu, la complejidad está en transitar este camino de regreso a la vida y a su ritmo, lo cual es posible cuando vemos que el cielo y la tierra no son dos dimensiones separadas, sino que, tal como nos puede mostrar la primera luz de la aurora en la cima de la montaña, son manifestaciones de un mismo ser/vacuidad que respira en todas las cosas.

  La protagonista del relato toma refugio en la montaña, contactando allí con el misterio, el silencio y con un cierto ritmo que se manifiesta en la respiración.  

  Experiencia que ahora comparte con su hija.

Palabras sobre lo indefinible(Reflexiones sobre el libro La línea del desierto de Alicia Genovese, 2019, Ediciones Inubicalistas)


 

 

 

Y el espacio se abre tanto que se nubla.

Alicia Genovese

 

La mañana en la que comencé a leer La línea del desierto de Alicia Genovese escuché sobre un libro llamado La nube del no saber, texto de autor anónimo y que pertenece a la corriente mística del cristianismo. De alguna forma reconocí el hacer de la sincronicidad. La vida nos habla a través de estos encuentros.

Pensé en el poema y el desierto, ambos son espacios que al abrirse se nublan. Lugares donde lo uno se vuelve otro[1]. El no saber es parte de esta transformación, de esta apertura de lo uno para dar paso al desierto.

Las cosas guardan un desierto dentro. Cito del libro: “me dejo ir hacia un lugar perdido / un país detrás de las cosas. / Con un adiós imperceptible / el vacío comienza, / desaparecen los edificios, los autos, / los semáforos, que no son ahora / señales. / Ya no estás ahí, estás / en la ruta del desierto, / en marcha hacia lo inconexo, / lo áspero, lo faltante”.

La necesidad de la huida, irse cuando todo se cierra, cuando las sombras ya no forman parte de las cosas. Huir hacia lo faltante, lo ausente, huir al vacío. En otras palabras, huir hacia el acto creador.

“Hay en mi alma –confiesa Nietzsche– algo insatisfecho, algo que nunca se satisfará; y esto es lo que canta”. Es desde la falta que cantamos, que creamos, que escribimos. El desierto como parte de todo, ausencia que hace nacer al poema. Al inicio de todo está el vacío, ese punto en que la vida puede seguir su proceso, su despliegue.

“La distancia como fuente”, nos indica la poeta. La distancia, ese espacio entre lo uno y lo otro, un centro vacío que canta. ¿Cómo es este canto? Es algo inasible y leve, algo indeterminado y ausente que escapa al control. “La rigidez del control, un engaño”, señala la autora. El desierto acaba con la necesidad de controlar, de dirigir nuestra experiencia. Quien controla, quien vive en esa ilusión, jamás sabrá escuchar a la vida. No dejará que las cosas hablen, lo otro, la distancia.

Cito del libro: “Mejor dejar que las decisiones, / los cuidadosos argumentos / floten a su aire hasta encontrarse / con las cosas y que ellas / comiencen a decir, / te darán un lugar”.  Que lo otro comience a decir, a hablar desde sí y no desde nuestro hablar. Las cosas tienen su propio lenguaje. “¿Escuchaste a las cosas hablar? / ¿murmuraste su calma / cuando entras a tu casa?” Escuchar como una práctica cotidiana. Alicia nos habla de La respiración de las cosas, el ritmo. Todo posee un ritmo que es la forma en que la vida se presenta, es la manera en que la luz y la sombra respiran.

“Todo cambió después / de encender el fuego”. El espacio y el tiempo se convierten en otro, otro estado, otra forma de ser en que las cosas pierden su absoluto. El fuego nos hace mirar la noche que hay en los objetos, les entrega movimiento, borroneando sus límites.

El fuego nos transmite la sabiduría del desapego: “Todo lo que viene se va / todo lo que empieza se deshace”. Desapego a las formas, a los límites. Desapego de lo uno para dar lugar a la distancia.

Volver a lo simple a través del escuchar atento es también volver a esos elementos originarios que guardan en sí la historia del universo o de una vida. Cito del libro: “Debajo de la hoguera / donde ardieron / briznas, ramitas y leños / quedó grabado un círculo / oscuro, casi exacto; / un tatuaje del fuego. / Inapresable, / gira encendido todavía, / en su breve felicidad”. La historia de los elementos es circular, ciclos que se repiten en el agua, en la tierra, en el aire y en el fuego. Siento que esa es la intuición que se encuentra en esta imagen. El desapego es también dejarse ir en ese ciclo. Saberse parte de él.

Escuchar, afinar la atención hasta el punto de convertirse en desierto: atención plena o amor, ese estado en que lo otro se nos aparece en su verdad, en el que soltamos cualquier intento de manipulación sobre lo real para descansar en ella. Este amor es el nexo que la vida ha dispuesto para seguir siendo creada, desplegándose en cada acto creador: “y el universo / se empequeñece / para que lo ames”, nos señala la autora. El universo nos busca o se busca en nosotros. Se empequeñece en lo cotidiano, se manifiesta en esa simpleza. ¿Por qué hemos dejado de escuchar? Nos sentimos ajenos, hemos dejado de lado nuestra naturaleza atenta y nos hemos perdido en nombre de la utilidad. Ya no escuchamos, ya no amamos.

Cito del libro: “He llegado a casa, he llegado a casa. / Mientras dura el silbo entiendo, / el agua que hierve tiene valor / prender una hornilla tiene valor. / Pero uno deja de escuchar. / El adormecimiento fue haber dejado / de escuchar”.  En el adormecimiento y la alienación el valor de las cosas está en el uso que hacemos de ellas, no en su mera existencia, ya no poseen valor alquímico o de transformación interior para la persona que las contempla.

Cuando nos disponemos a escuchar y nos convertimos en atención plena despertamos de ese adormecimiento de los sentidos, despertamos a la vida y nos hacemos desierto. Somos afectados por el presente, por el acontecer sin más. Es en ese momento en que sentimos que hemos llegado a casa. En esa intimidad algo se abre, olvidamos los nombres y todo se vuelve experiencia directa. Como señala la autora “acercarse a las cosas requiere olvidar. / Cuando el sonido está en tu cuerpo / se abre una flor lenta”.

El sonido, el ritmo, el cuerpo como lugar de la experiencia. Algo se deja anunciar lentamente: un nacer nuevamente a las cosas, habitándolas en todo su acontecer y gratuidad.

El poema se vuelve el lugar que acoge esta gratuidad. Es la flor que lentamente se va abriendo en el desierto.

Cuando todo se olvida, cuando el espacio se abre tanto que ya no sabemos, comienza a nacer el sentido, pero un sentido que es latido y respiración. Un sentido dado por el ritmo, el respirar de las cosas.

“La calandria reaparece en lo alto, / desciende, habrá asociado / como los pájaros logran hacerlo / la tormenta, la caída, el peligro. / No sabrá de explicaciones / pero entiende de llamados. / Cuando lo alimenta / en el pico / ordena el no saber. / Construye un nido / sin hojas ni ramas / como los taoístas construían / el vacío, / el hueco / entre lo inerte / y el mundo que reverbera”. En ese estado de no saber de la calandria ocurre el llamado, la escucha atenta de un mundo que se comprende sin explicación, de manera intuitiva. La autora nombra a los taoístas para comprender el hacer de este pájaro. Un actuar desde el no hacer, desde la no acción, desde el hueco, el vacío. Este actuar es un no actuar, es solo ir en el movimiento de la vida.

El nido es un centro vacío, símbolo del inicio, la protección y el cuidado. En todo origen hay un nido, un vacío que nos cubre y, a su vez, nos conecta con la vida. El nido es imagen de nuestra confianza en el mundo. ¿Dónde se encuentra alojado? Pienso en el vientre, lo intuyo allí, en esa humedad que no es solo el nido materno, sino un nido que sigue actuando toda nuestra vida y está relacionado con las entrañas, con el corazón del vientre. Intuir es ir a ese centro, sentir su latido y desde allí actuar, siguiendo el movimiento natural de todo.

Cito del poema Preguntas para lo indefinible: “¿Cuál es tu desierto? / […] ¿Guarda el silencio de la roca / para escuchar el zumbido / del animal minúsculo? / ¿Tiene oído para lo que se desvanece? / ¿Tiene la percepción de algo que existe / pero queda más allá? / ¿Puede escribirse?”. El título del poema nos coloca inmediatamente en el plano del no saber, preguntas dirigidas al misterio, a lo indefinible, a lo que nos excede continuamente.

Nido, desierto, poema, vientre, todos son centros vacíos que nos llevan al silencio de la roca para escuchar al universo en lo pequeño. Es desde este centro que podemos escuchar lo que se desvanece.

El desierto es el misterio, lugar en el que solo contamos con nuestra ausencia. Allí nos perdemos, nos olvidamos en lo abierto, en ese afuera que late en el interior de las cosas. El espacio abierto nos anuncia que hemos llegado al límite, después solo el asombro como primer movimiento del ser, como una primera fisura.

 

 



[1]“En el desierto, uno se vuelve otro: el que conoce el peso del cielo y la sed de la tierra; el que ha aprendido a contar con su propia soledad”. Edmond Jabés, Del desierto al libro.  Epígrafe utilizado por Alicia Genovese en La línea del desierto.