El libro de Luisa Aedo abre con un
epígrafe de Elvira Hernández: “Nadie llega a puerto” e inmediatamente pienso en
la ausencia, una ausencia que no es la nada, sino un ir y venir de árboles en la oscuridad, lleno de sombras, sonidos
de un desierto que se abre en el cuerpo y lo convierte en agua. Este cuerpo ya
no es puerto, todo se mueve en él, las cosas se escapan de sus nombres, voces
que tampoco se aferran, temblor del ser desatado de sí mismo. Cito del poema
“Todo escribir es bajo”: todo escribir es desde/una sombra/ desde la
piedra/ desde la sangre. Escribir es ir hacia aquel lugar que se entrega
desde sí, la sombra, la piedra, la sangre, son murmullos del agua, no son
territorio posible, no caen en una voluntad que nombra, se mueven en la mar sin
esperar ser mirados, van y vienen, aparecen sin puerto, solo en el gesto del temblor.
Allí está el misterio, la experiencia poética. Cito del poema “Mi sombra”: Una noche se despierta la niña. Pensar
en nuestra primera memoria es ir hacia ese primer desvelo, el despertar del
inicio, cuando todavía somos en la noche, ese estado místico con el mundo que
de repente es roto por la consciencia de ser, existir. Escribir es alejarse de
esa certeza, mirarla de lejos, por eso escribir es bajar, un hacer oscuro que
se entrega en sombra, en negación, es el no-
árbol, es el no- cielo, es el
acto de sumergirse en aquello que está adentro y que escapa, entregándose en
huella, en destello. La experiencia poética es una experiencia de agua, más
allá de que estén todos los elementos, es el agua el medio que hace surgir una
palabra, un gesto, un trazo, la poeta es quien espera, espera la experiencia,
el instante de oscuridad en que todo se ve nuevamente, la poeta es el lugar del
silencio para escuchar el movimiento del desierto marino. Pero en todo viaje
hacia la noche se van encontrando relatos, voces de otros seres que van
construyendo una historia, multiplicidades que nos acompañan en la espera del
desierto. Pienso que lo poético puede ser un camino que nos lleva de vuelta a
un sí mismo que es compartido, por tanto, la experiencia poética no se agota en
el ámbito ontológico o estético, sino que trasciende a lo ético y político, a
la relación con otros. El camino hacia adentro se ve marcado por el afuera, en
una eterna dialéctica. Cito el poema “Segundo encuentro”: Siento al contemplar la vida/ veo, palpo desde fuera/ el mundo/ a mi
alrededor/ los demás/ los que están dentro. Ese movimiento de ruta que va
de los otros hacia uno, que va del ser al no ser, es la historia de una poeta
que escucha las voces, las diferentes voces que atraviesan su ausencia, movimiento
que construye desde sus primeros años al ser consciente de las circunstancias
que la determinan. La primera parte del libro se denomina “Primer desierto
marino, pobre/San Antonio” y se inicia con un poema denominado “Primer
tránsito” en el que dice lo siguiente: Pequeña subo mi cerro/ la mar se ve a lo
lejos/ como siempre/ y no desde mi ventana. La mar es lo lejano velado, no
está a la mano, este poema nos deja ver esta distancia determinada por las
condiciones materiales de existencia, pienso ahora en una niña boliviana, que
no solo debe subir su cerro, sino cruzar una frontera para poder conocer el
agua, cruzar el egoísmo de los dueños de la tierra y del mar que ven solo
recursos y no rostros ni almas. Lo poético es también esto, escuchar el alma común,
conmoverse, temblar ante la herida que van dejando quienes olvidan que son
parte también de esta alma. Ennio Moltedo dice “Si pones el oído sobre la
tierra desnuda, escucharás claramente el nombre de los asesinos”. Luisa Aedo
también habla de esto en su poema “Voces”: hay
tantas, tantas voces/ voz madre-abuela/ dijo que eran todos asesinos, / pero en
voz baja/ siempre en voz baja. La tierra murmura su dolor, el desierto
marino lleva cuerpos que jamás llegaron a puerto, desaparecidos, eterno retorno
de la desaparición, a cada instante alguien no llega a puerto. Escribir es ir a
lo bajo no solo de uno mismo, sino a la sombra de la humanidad, al dolor, al
monstruo que habita en nosotros y que es capaz de destruir todo signo de alma
sobre la tierra. Escribir como el intento de mirar el agua, más allá de todo
impedimento material, ver con los ojos de adentro, introducirse sin miedo a
su oscuridad, llegar a ese momento en que, como dice Luisa, El viaje marino abruptamente/ se apaga. ¿Qué
pasa después de ese instante? Dejemos que el misterio avance, no responder la
pregunta, suspender el juicio, no intentar un sentido, porque toda
identificación es la negación del desierto marino, es lo que se nos escapa al
momento de fijarlo, de nombrarlo, dejar ser es encaminarse hacia él, sin
saberlo, sin esperarlo, incluso pensarlo perdido o inexistente, dejar que
avance en nosotros sin preguntar, sin exigir una respuesta, dejar que se vaya
abriendo camino en el vacío que somos en
el fondo.
sábado, 24 de noviembre de 2018
domingo, 15 de julio de 2018
En lugar de la certeza (Palabras sobre el libro “Color Hormiga” del poeta Chiri Moyano. Ediciones Inubicalistas, julio 2018)
Es a la vida adonde intentamos llegar en la poesía
Wallace Stevens
Este
texto piensa construir el camino de una interpretación que no se aleje demasiado
del poema, o, dicho de otra manera, un texto sobre la experiencia de la lectura
del libro “Color hormiga” de Chiri Moyano. Experiencia que, a través de la
materia y la naturaleza, nos muestra un acceso a lo simbólico, a la sombra, al
vaciamiento y al dolor. Imágenes primitivas cercanas a lo arquetípico, pero que
mantienen siempre un elemento situado.
Para
partir quisiera hablar del poema como aquello que devela el tramado, los trazos
que va dejando una realidad muchas veces inaccesible en otras modalidades de la
palabra. Es una mirada hacia adentro que nos revela el afuera, la naturaleza,
el hallazgo de una continuidad entre las cosas de un mundo y nosotros. Palabra
que en su gratuidad nos entrega el acontecimiento y nos relaciona con los hechos,
con lo real, por eso Stevens dice que el poema es aquello que aumenta nuestra
sensación de realidad y nos aproxima a la vida. El poema “Color hormiga”, que
le da nombre e inicia el libro de Chiri Moyano, nos abre una oportunidad de
interpretar esta relación entre la poesía y el mundo.
La hormiga rubia
sube a la copa del árbol,
a buscar el fuego del sol.
La hormiga negra
baja a las raíces del árbol,
a buscar la sangre de la
sangre.
Poema
sobre la continuidad, el árbol es el acceso al arriba y al abajo,
simbólicamente es el centro del mundo, verticalidad que hace posible el diálogo
entre una vida subterránea y una vida hasta el cielo. La hormiga se sabe
reflejo, por eso su color determina su ascenso o descenso, a la copa o las
raíces, buscando la luz o la sangre. La naturaleza y su eterno retorno en lo
micro y en lo macro de las cosas. Este poema es la entrada a una escritura que
observa las señales de ruta de una naturaleza que se va perdiendo en lo
inhóspito, ocultándose, pero dejando pequeñas marcas de su dolor y su ausencia.
Cito del poema Detrás de la ventana: “observando
cómo se seca el canelo/ en la selva de cemento”. Se seca lo sagrado por el
desencantamiento del mundo, la decadencia es la nueva máscara de una humanidad
que niega la dimensión del sentido. Chiri Moyano escribe sobre esta expulsión
de lo sagrado y la carga psicológica que lleva a un sujeto a sentirse
abandonado, huérfano de una naturaleza que le entregaba su dirección y su
centro. Con la muerte del árbol sagrado por un cemento que avanza, ¿cómo
reconocer el centro del mundo? Cito del poema Lágrimas: “Dios no vino a trabajar/ se quedó en la muda casa del
olivo”. Dios se ausenta, se retira a lo íntimo, a la mudez de la casa de un
árbol sagrado, donde no hay verbo para seguir en la creación de un mundo. El
verbo se ha retirado, no hay sentido primero, hay ausencia, el rayo de dios no
atraviesa las tinieblas, se queda en lo indiferenciado, en lo materno, en la
contención de un universo anterior a su nacimiento. El poema Los abandonados nos entrega esta
orfandad absoluta. Cito un fragmento: “Una
casa abandonada/ con gatos abandonados/ con ventanas abandonadas/ con un hombre
abandonado.”
¿Abandonados
por quién? pienso en Blanchot cuando dice que “profundizando el verso el
poeta entra en ese tiempo del desamparo que es la ausencia de los
dioses...Quien profundiza el verso escapa del ser como certeza”. Esta orfandad
interior a la que se enfrenta el poeta, este abandono del sentido, es la dimensión
existencial a la que nos conduce Moyano. La casa abandonada es la
desacralización del mundo interior del ser humano y un símbolo del inconsciente,
el árbol también apunta a la misma interioridad, ambos son hogar, protegen de
la lluvia, del sol, son la sombra que nos oculta de lo externo. La casa es,
citando a Bachelard “un instrumento para afrontar el cosmos”, ¿qué hacer cuando
aquel instrumento se abandona, cuando no existe la confianza en aquel nido? Perderse en la incertidumbre y en el horror de
esta orfandad, escuchar la ausencia, lo que comienza a nacer como murmullo en
la poesía de Moyano, murmullo de agua, pero esta agua no fluye, sino que está
estancada, abandonada también por el sentido. Aguas podridas, símbolo de la
muerte, materia que en su estancamiento aumenta la profundidad del dolor. Cito
a Bachelard nuevamente: “para la imaginación todo lo que corre es agua”, es la
materialidad del devenir y la manera de mirar el tiempo, el agua que no corre,
que está podrida y estancada, es la imagen de un abandono radical respecto a la
vida y su sentido. Es así que el poema
empieza a tomar el lugar que ha dejado libre la certeza, nace como
manifestación de este desprendimiento. Cito el poema Viaje: “Con poco equipaje/ y una triste historia de vida/ en
blanco y negro/ que sube/ y baja/ como ese botecito que veo al final del mar/ que
gira donde lo lleva el viento/ que sube/ y baja.”
La
vida al desatarse del sentido y de la certeza se convierte en un fragmento que
sube y baja por la marea y el viento, un desastre como diría Blanchot, aquello
separado de su astro, de la estrella que le daba un origen al viaje de la luz
por el universo. Ya no hay astro, la luz viaja sin origen y sin destino, como
la vida de un ser humano que ha abandonado toda certeza. ¿Qué hace la hormiga
si el árbol se seca? ¿Cómo reconocerá su destino?
Hay
momentos en el libro de Moyano donde la casa no está abandonada, tampoco el ser
humano se ha abandonado, hay una intimidad compartida que hace olvidar la
soledad inevitable, la carga del desencantamiento del mundo. Como en el poema Vienes a verme, la visita de alguien nos
regresa a un hogar como refugio, un retiro que nos devuelve la confianza en los
asuntos cotidianos, la tranquilidad de las cosas simples. Cito: “Vienes a casa/con
la blusa de seda que te regaló tu madre, / con los ojos pintados. / Vienes a
conversar conmigo/ a tomar vino conmigo/ a leer y hablar de poesía conmigo / a
dormir conmigo. / Cocino porotos granados/ charquicán/ cazuela de vacuno/ y tú/
me zurces la basta de un pantalón regalado/ de ropa americana.” El acto simple nos revela el misterio, el amor
no puede mostrarse a través de una concepción mental, es el develamiento de su
naturaleza en los actos cotidianos como podemos tener esa experiencia, por eso
Stevens dice que todo poeta debe tener algo de campesino, cercano a la
naturaleza de las cosas y no a sus nombres o conceptos: cercano a la vida. El
ser humano de las ciudades contemporáneas ha perdido este contacto, ha olvidado
la vida en nombre del funcionamiento de un mundo que tampoco desea, que le
parece contrario a sí mismo, que le causa incomodidad. El cemento avanza al
mismo tiempo que su desconexión con la existencia. Es que ya no entendemos los
signos del cielo, de la lluvia, las estaciones, este mundo se nos ha vuelto
completamente ajeno.
Moyano
termina su libro con el siguiente poema, denominado En medio de la cama: “Abandonado como un trapo sucio/ en medio de
la cama/ insomnio, desvelo. / Amores definitivamente perdidos/ amistades lejos
de casa.” Vuelve el abandono, todos
están lejos de casa, la soledad inevitable de un ser humano que se abandona a
sí mismo. A la deriva, la casa no ayuda a enfrentar el cosmos, lo externo, el poeta
en el desierto, a la intemperie. Recuerdo un verso de Arto Melleri “Desgraciado
es aquel que no tiene una sombra en su interior”, sombra que lo ayude a cruzar
el desierto, que lo ayude a afrontar su propia muerte, su suicidio en la casa
abandonada. Soportar el silencio, empezar a escribir desde esa cicatriz, desde
ese dolor del que agoniza. Abandonar toda certeza, incluso la certeza de uno
mismo, la única forma de empezar una relación real entre la escritura y la
vida. La experiencia poética necesita de un sujeto perdido, porque es hallazgo,
don y acogida.
lunes, 25 de junio de 2018
¿Qué hacer con lo humano?
Peligro de que el desastre adquiera sentido en lugar de adquirir cuerpo
Blanchot
Lo contrario al sentido es el cuerpo, fragmentos sin centro ni destino. ¿Qué hacer con lo humano? De mí nace un nido, el pájaro sabe que soy árbol cuando dejo de creer en Dios. Algo respira al medio de un bosque, busco esa respiración, una palabra primera que me ayude en el desastre. Es que el silencio eterno de los espacios infinitos me aterra. ¿Qué hacer con lo humano? Dejar que la tierra se abra paso en la pregunta, no responder, ver como se abre la muerte, llegar a ese punto de la muerte, de esa experiencia que me arranco con el lenguaje y los espejos; monumentos que están en el lugar del tiempo. El desastre vuelve, sangre que da paso a un otro, expulsar a ese otro, expulsarme de manera que no quede ningún rastro de mí en él, radicalizar mi ausencia, que nos separe un infinito para que todo intento de sentido sea imposible. ¿Qué hacer con lo humano? Separar las manos de mi voz para que ellas no tengan la palabra por comienzo. Lo humano y lo íntimo, ¿qué hay en cada intimidad? En cada espacio tenue nace lo íntimo, lo que queda en la sombra y se vuelve abrazo. ¿Qué más íntimo que el desastre? Nada. El desastre es el espacio de una intimidad que no se ha reducido a uno mismo. Vuelvo a los pájaros, es que en ellos hay una respuesta acerca de mí, de nosotros, el desastre es un pájaro que confía, que se entrega, que acoge a cada instante sin imponer un hacer, una dirección. ¿Qué hacer con lo humano? Quedarse en la pregunta, quedarse, ver como se transforma en agua, volver del hacer, desvivir, pero no queriendo volver al origen, partir de nuevo desde un lugar que no es comienzo, partir de cualquier punto, sabiendo que la muerte nos atrae, nos envuelve. Y así lo humano se desprende de lo humano para nacer nuevamente del dolor, del desgarro de un cuerpo que escondemos al darle un nombre y un principio. No hay imagen ni semejanza, solo miembros colocados de tal manera que nos proporcionan un lugar, un espacio para habitar el desastre.
Natalí Aranda Andrades
Grabados de Nicolás Sartori, disponibles en librería Concreto Azul, Cumming 94, Valparaíso

martes, 12 de junio de 2018
Clases de pintura con Amaltés!!!!!
Clases de pintura con David Amaltes en la ciudad de Viña del Mar. Más de 40 años de trayectoria como pintor. Una vez por semana, clases de dos horas. Interesados llamar o dejar un mensaje al contacto +56991354700 o al +56948750081. Les dejo una muestra de sus obras.
domingo, 18 de marzo de 2018
La deshumanización de la educación
Hace algunos días escribí en la pizarra de un curso de 3º medio el imperativo griego “Conócete a ti mismo”. La clase fue una reflexión sobre este aforismo y una creación de preguntas y respuestas que nos ayudaron en la búsqueda de su comprensión más profunda. El ejercicio filosófico se convirtió en una espiral que se iba abriendo cada vez más a partir del diálogo entre iguales.
Camino a casa pensaba en este momento, en la filosofía como ese instante que tiene el estudiante para volver la mirada sobre sí mismo e identificarse menos con lo externo y con la urgencia del funcionamiento constante.
La filosofía es ese espacio que le damos a la paciencia, me atrevería a decir incluso que es un estado natural en nosotros, es en él donde hay tiempo para conmoverse por el abismo de nuestra propia ignorancia, momento crucial para ejercer la actividad de todas las facultades que nos determinan como seres pensantes y creativos. El sujeto que no se mira a sí mismo se pierde, se aliena al objeto y comienza a ser solo un instrumento más, un medio para fines que le son ajenos. Este es el fin de la deshumanización de la educación, porque quien se examina a sí mismo, retorna a su ser, se reencuentra con esa humanidad perdida. Y digo humanidad, porque este examinarse nos lleva finalmente a acercarnos a todo lo que existe, no solo a nosotros como individuos, sino a toda alteridad. Ser conscientes de lo que somos es ser conscientes y aceptar de mejor forma lo que otros son. El conócete a ti mismo lleva implícito una cierta universalidad que no es la eliminación de la diferencia, sino su aceptación radical.
Como consecuencia de esta acción de conocer lo que somos se despierta una incomodidad, una inquietud por lo poco humano y natural que es el contexto o el sistema de vida que nos envuelve y nos traspasa. La persona capaz de conmoverse hasta su raíz por esta incongruencia siente el despertar de su voluntad, haciendo del pensar no solo un territorio de lo posible, sino también de lo real. El pensar y el ser se identifican en la lucha por cambiar las condiciones de existencia que son inconsistentes con lo que somos. La filosofía es uno de los pocos lugares que tiene el estudiante para pensarse y construirse desde la libertad, desde el escuchar a otros y escucharse hablar a otros, es la ventana para respirar un poco de aire dentro de la asfixia que nos provoca el sistema educativo, tan funcional al sistema económico. Es el momento donde el ser humano puede sentir la náusea y su angustia, pero también la búsqueda de sentido. Como profesora de filosofía estoy completamente convencida de que todos los jóvenes de este país tienen derecho a pensar y hacer un mundo del cual se sientan parte. Esta asignatura en los colegios otorga la oportunidad a los jóvenes de colaborar en la construcción del conocimiento, haciéndolos sujetos activos y responsables de sí mismos y de los otros. Es una experiencia ética, política, psicológica e incluso estética que no podemos abandonar y relegar a un segundo plano o a su inexistencia en el nombre de la pertinencia curricular. ¿Por qué y para qué estamos educando? Estos cuestionamientos a la filosofía nos hacen observar lo lejano que estamos de lo humano en favor de un funcionamiento mezquino y alienante. Nos hacen entender la escuela como lo contrario al ejercicio de la libertad, como un condicionamiento clásico de mentes y de cuerpos. No quiero ser responsable de todo esto, por eso declaro firmemente que todas y todos tienen derecho a la filosofía.
Camino a casa pensaba en este momento, en la filosofía como ese instante que tiene el estudiante para volver la mirada sobre sí mismo e identificarse menos con lo externo y con la urgencia del funcionamiento constante.
La filosofía es ese espacio que le damos a la paciencia, me atrevería a decir incluso que es un estado natural en nosotros, es en él donde hay tiempo para conmoverse por el abismo de nuestra propia ignorancia, momento crucial para ejercer la actividad de todas las facultades que nos determinan como seres pensantes y creativos. El sujeto que no se mira a sí mismo se pierde, se aliena al objeto y comienza a ser solo un instrumento más, un medio para fines que le son ajenos. Este es el fin de la deshumanización de la educación, porque quien se examina a sí mismo, retorna a su ser, se reencuentra con esa humanidad perdida. Y digo humanidad, porque este examinarse nos lleva finalmente a acercarnos a todo lo que existe, no solo a nosotros como individuos, sino a toda alteridad. Ser conscientes de lo que somos es ser conscientes y aceptar de mejor forma lo que otros son. El conócete a ti mismo lleva implícito una cierta universalidad que no es la eliminación de la diferencia, sino su aceptación radical.
Como consecuencia de esta acción de conocer lo que somos se despierta una incomodidad, una inquietud por lo poco humano y natural que es el contexto o el sistema de vida que nos envuelve y nos traspasa. La persona capaz de conmoverse hasta su raíz por esta incongruencia siente el despertar de su voluntad, haciendo del pensar no solo un territorio de lo posible, sino también de lo real. El pensar y el ser se identifican en la lucha por cambiar las condiciones de existencia que son inconsistentes con lo que somos. La filosofía es uno de los pocos lugares que tiene el estudiante para pensarse y construirse desde la libertad, desde el escuchar a otros y escucharse hablar a otros, es la ventana para respirar un poco de aire dentro de la asfixia que nos provoca el sistema educativo, tan funcional al sistema económico. Es el momento donde el ser humano puede sentir la náusea y su angustia, pero también la búsqueda de sentido. Como profesora de filosofía estoy completamente convencida de que todos los jóvenes de este país tienen derecho a pensar y hacer un mundo del cual se sientan parte. Esta asignatura en los colegios otorga la oportunidad a los jóvenes de colaborar en la construcción del conocimiento, haciéndolos sujetos activos y responsables de sí mismos y de los otros. Es una experiencia ética, política, psicológica e incluso estética que no podemos abandonar y relegar a un segundo plano o a su inexistencia en el nombre de la pertinencia curricular. ¿Por qué y para qué estamos educando? Estos cuestionamientos a la filosofía nos hacen observar lo lejano que estamos de lo humano en favor de un funcionamiento mezquino y alienante. Nos hacen entender la escuela como lo contrario al ejercicio de la libertad, como un condicionamiento clásico de mentes y de cuerpos. No quiero ser responsable de todo esto, por eso declaro firmemente que todas y todos tienen derecho a la filosofía.
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