lunes, 26 de octubre de 2015

La habitación del suicida WISLAWA SZYMBORSKA


Seguramente crees que la habitación estaba vacía.
Pues no. Había tres sillas bien firmes.
Una lámpara buena contra la oscuridad.
Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.
Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.
Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.
¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?
Seguramente crees que no había libros, cuadros ni discos.
Pues sí. Había una reanimante trompeta en unas manos negras.
Saskia con una flor cordial.
Alegría, divina chispa.
Odiseo sobre el estante durmiendo un sueño reparador
tras las fatigas del canto quinto.
Moralistas,
apellidos estampados con sílabas doradas
sobre lomos bellamente curtidos.
Los políticos justo al lado se mantenían erguidos.
No parecía que de esta habitación no hubiera salida,
al menos por la puerta,
o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.
Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.
Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.
Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.
Y si yo te dijera que no había ninguna carta.
Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos
en un sobre vacío apoyado en un vaso.

domingo, 25 de octubre de 2015

Entrevista a Efraín Barquero


Fragmentos de la otra orilla


Oigo latir la luz del otro lado
Octavio paz

¿Por qué escribir? Y más aún ¿Por qué escribir poesía? ¿Tiene sentido hacer estas preguntas? Existe una natural tendencia a querer fundamentar nuestro hacer, a la búsqueda de uno o múltiples sentidos que le den soporte a nuestra praxis. Tal vez el porqué se escribe poesía, su razón, se encuentre en la poesía misma, como algo que se muestra y no se dice, no se expresa o no cae dentro de una proposición con sentido, como diría Wittgenstein. Escribir poesía posee un fundamento inmanente, algo que se muestra en el hacer y no necesita una explicación que la trascienda. “Porque escribí estoy vivo” nos dice Lihn, haciendo de la poesía el élan vital para continuar en el mundo. ¿En qué sentido sería ella una especie de motor de la existencia? Tal vez esté relacionada con el desgarro y la conciencia de la otredad constitutiva. ¿A qué me refiero? Me refiero a Rimbaud cuando dice “Yo soy otro”, en ese verso el poeta manifiesta su conciencia de la condición humana. Conciencia del desgarro y de la herida que significa verse separado del mundo, ver que existe algo distinto al propio cuerpo. En el mito Adán y Eva les duele su conciencia de la desnudez, han sido desgarrados de la naturaleza, de su estado de igualdad. A quien le duele su desnudez se sabe objeto de la mirada de otro. La palabra como imagen tal vez es el intento de unir al sujeto con el mundo, de volver a esa desnudez indolora, de conectar ambos bordes de la herida, haciendo del yo un tránsito constante entre dos paralelas que finalmente se intersectan en algún punto por el hacer poético. Wallace Stevens declara: “la poesía descubre la relación de los hombres con los hechos”, una revelación de la otra orilla, de lo que cotidianamente se encuentra oculto, pero que está allí a la espera del salto, porque ir a la otra orilla es dar un salto hacia lo indeterminado. El poema se resuelve en la revelación de aquel pequeño instante que late eternamente en la otra orilla.
Nuestro yo contiene la otredad, por tanto el salto hacia lo otro es hacia nosotros mismos. Ser yo es ser todas las voces y rostros a la vez, existir significa estar abierto a lo que acontece, ser tránsito, tener presente que la conciencia es actividad, jamás esencia o sustancia, la conciencia se mueve entre orillas. El papel de la memoria juega un rol central en este tránsito del yo, porque es quien le entrega la permanencia al ser abierto que somos cada uno de nosotros. Memoria plagada de otras voces, un yo plagado de memorias que muchas veces no son acontecimientos vividos por el propio sujeto, pero pasan a formar parte de él. “Cuando comencé a escribir este libro recorrí la maraña de seres parlantes que me habitan en el rincón de lo privado” dice Verónica Zondek en el texto que da comienzo a su libro Por gracia de hombre. Lo privado habitado por otros, abierto a lo colectivo, como un fenómeno plural, porque lo privado nace de la actividad que es la conciencia y la conciencia, parafraseando a Heidegger, se encuentra arrojada al mundo. Quisiera representar esa conciencia y el mundo privado que se genera a partir de ella como un espejo que refleja lo otro y que hace que eso otro termine habitando en uno, la memoria es eso, otro aspecto del mismo objeto. Una de las cualidades del espejo que es la memoria es el romper con el principio lógico de no contradicción, “Esta es mi casa y ya no es” como dice Verónica en su poema Progreso, la memoria rompe con el principio lógico al afirmar que todo lo que no es sigue siendo en algún lugar de nuestro mundo privado y la poesía viene a ser una continuidad de ese quiebre, al darle simultaneidad de existencia a dos elementos contradictorios. Y aún así el poema poesee coherencia, su unidad no se ve rota porque los principios lógicos pertenecen a esta orilla, no a la otra, más ligada al sueño.
En el libro Instalaciones de la memoria se da un diálogo entre fotografía y palabra, donde lo visual pasa a ser un espejo que refleja la imagen creada por el verso. Ambas se comprenden en ese diálogo, en esas preguntas por la memoria, por el ausente. Los fragmentos unen al yo con lo otro. “¿Los ausentes/dónde están?” Le pregunta Verónica a los fragmentos, al marco de una ventana, al orificio de una pared “¿Quién vio y dejó de mirar?/¿Qué vemos nosotros?” Memoria cargada de desierto, de “un hábito de nada” de lo que fue y sigue siendo en la mirada de uno. ¿Qué vemos nosotros? Una pregunta que lleva un supuesto ético, un hacerse cargo de la mirada, del fragmento que queda y que construye la historia. “En la pampa habita un testimonio que susurra el tiempo“ y somos “el ojo que recoge las estalacticas del aullido petrificado hasta fijar una tembladera en el alma, suspendida como huella que fuere y repitiese en hondos tartamudeos los andares anteriores, para que el signo se hiciese necesario y la voz y la mirada” Signo necesario es aquel que se hace cargo del testimonio que el tiempo susurra en la materialidad del viento. Signo que acompaña a los fragmentos, no solo de la pampa, sino también a los fragmentos de nuestra sangre: en cada uno habita tanto tiempo, nacimos con anterioridad a nosotros mismos, somos consecuencia de un pasado remoto. En el Hueso de la memoria Verónica Zondek dice: “Un mausoleo/perdura/Trepa el tiempo” El hueso es aquello que perdura, más allá de toda contingencia, “es la única constancia que no se descompone”. Es el principal fragmento para hacernos cargo de lo otro, de la historia que espera ser contada. El desierto, es en este sentido, un puñado de huesos despojados cruelmente de su carne. ¿Cómo no pensar en las mujeres de la pampa buscando todavía rastros de algún familiar asesinado y escondido en esa imagen del vacío? ¿Cómo no pensar en los hombres y mujeres que habitaron alguna vez lo que hoy solo son escombros? Los huesos son testimonio de la otredad, ir hacia ellos es saltar a la otra orilla, saltar no solo para ligar dualidades y fragmentos de tiempo y espacio, no solo para romper con principios lógicos, sino que ese salto es profundamente ético, no se queda solo en una dimensión estética, contemplativa, sino que es un mandato de la historia. ¿Por qué escribir poesía? Porque la poesía es también testimonio de los fragmentos, de los huesos, de las instalaciones, del despojo de la carne y de la memoria. 


Natalí Aranda

lunes, 19 de octubre de 2015

Resumen de Renán Ponce



Cuando niño comía con las manos
y era más feliz que lagartija al sol
Podía adivinar dónde estaba
sin tener que preguntármelo

Era tan sabio
que lloraba y reía al mismo tiempo,
no importándome si era bien recibido
porque sabía que todo era un juego

Mis fantasmas tenían el porte de mi sombra
y solía divertirme sin culpar a nadie

Ahora Dios no me deja tranquilo.

Delirios o el gesto de responder. (Segunda parte) Ximena Rivera

III

Lo que yo pude ser
con el dedo lo tracé línea a línea
incomprensible en las arenas.
Una línea dentro de otra
y es extraño y sorprendente
que yo oliera a tierra
que es el aroma de todo lo comprensible
y claro de de este mundo.

domingo, 18 de octubre de 2015

El tiempo vertical en el cine de Tarkovsky por Natalí Aranda



Hay momentos de la existencia en que el tiempo
y la extensión son más profundos y el sentimiento 
de la existencia parece inmensamente aumentado".

Charles Baudelaire



Cada plano, cada imagen posee su ritmo propio, un ritmo que por naturaleza le pertenece. Cuando soñamos, cuando recordamos, cuando vivimos nuestra cotidianidad, podemos observar las diferentes dinámicas del tiempo, los diferentes ritmos de la existencia. Tarkovsky en su libro dice al respecto “¿En qué reside la naturaleza de un arte fílmico propio de un autor? En cierto sentido, se podría decir, que es esculpir en el tiempo.” Como el escultor que ve en el mármol la figura futura, el cineasta esculpe en el tiempo para arrancar de él una figura de la vida. Este tiempo que sucede, se sitúa y al situarse se vuelve profundo, como una línea vertical que atraviesa la tierra o quiebra el pacífico estar del cielo. El recuerdo, material de la memoria, es siempre un estar en el tiempo de manera situada, como si fuese un fenómeno espacial más que temporal. La memoria fija al tiempo y lo recorre, camina a través de él, lo penetra, lo desmenuza, cambia de lugar los elementos, lo padece en toda su dimensión. El espejo del cineasta ruso, es la fijación de la memoria, del tiempo de la infancia, memoria siempre ligada a la ensoñación. Ninguna memoria es tal como ha sucedido ¿Y eso tiene relevancia? La ensoñación es lo único transversal a toda memoria y lo único importante. Es un estado de reposo, por el cual la conciencia descansa de su estado de alerta hacia el mundo y se introduce en sí misma, en sus configuraciones más íntimas. El espejo viene a ser el testimonio de todo esto, de una infancia que dura toda la vida. Pero no en la linealidad de la vida, no en su horizontalidad, sino en su verticalidad. La infancia entra en el acontecer porque su carácter es vertical. Cualquier tiempo que se demore en sí mismo, que se demore en la espacialidad que lo acompaña, es un tiempo vertical. “Con edad de siempre/sin edad feliz” Dice Gabriela Mistral por medio de una imagen que tiene tal desnudez que es capaz de aproximarnos a su origen. La infancia es la edad de siempre, pero llega un momento en que ella se esconde, es cuando damos el salto a la horizontalidad del tiempo, a la adultez, donde los días se acortan y los años son nada; ya no hay tiempo para la ensoñación, ni el juego, ni el descanso sin culpa. El tiempo lineal es el tiempo del trabajo, de la responsabilidad, de la conciencia lanzada a sus obligaciones, es el tiempo de la muerte. Ser adulto es darse cuenta que es poco el tiempo que tenemos para hacer todo lo que deseamos, porque nuestra voluntad es más grande que el tiempo horizontal, nuestra voluntad es compañera del juego, del hacer, del crear; nuestra voluntad es parte de la edad de siempre y por tanto del tiempo vertical. (Fragmento, "El tiempo vertical en el cine de Tarkovski"  Natalí Aranda)



Cosas vistas (Fragmento) Jorge Teillier

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Tu color preferido es el azul
Mi color preferido es el azul
Nunca más le preguntaremos a nadie qué color prefiere
Para creer que nosotros inventamos el azul.