sábado, 24 de noviembre de 2018

Un gesto del temblor (Palabras sobre el libro "Desierto Marino" de Luisa Aedo)

El libro de Luisa Aedo abre con un epígrafe de Elvira Hernández: “Nadie llega a puerto” e inmediatamente pienso en la ausencia, una ausencia que no es la nada, sino un ir y venir de árboles en la oscuridad, lleno de sombras, sonidos de un desierto que se abre en el cuerpo y lo convierte en agua. Este cuerpo ya no es puerto, todo se mueve en él, las cosas se escapan de sus nombres, voces que tampoco se aferran, temblor del ser desatado de sí mismo. Cito del poema “Todo escribir es bajo”:  todo escribir es desde/una sombra/ desde la piedra/ desde la sangre. Escribir es ir hacia aquel lugar que se entrega desde sí, la sombra, la piedra, la sangre, son murmullos del agua, no son territorio posible, no caen en una voluntad que nombra, se mueven en la mar sin esperar ser mirados, van y vienen, aparecen sin puerto, solo en el gesto del temblor. Allí está el misterio, la experiencia poética. Cito del poema “Mi sombra”: Una noche se despierta la niña. Pensar en nuestra primera memoria es ir hacia ese primer desvelo, el despertar del inicio, cuando todavía somos en la noche, ese estado místico con el mundo que de repente es roto por la consciencia de ser, existir. Escribir es alejarse de esa certeza, mirarla de lejos, por eso escribir es bajar, un hacer oscuro que se entrega en sombra, en negación, es el no- árbol, es el no- cielo, es el acto de sumergirse en aquello que está adentro y que escapa, entregándose en huella, en destello. La experiencia poética es una experiencia de agua, más allá de que estén todos los elementos, es el agua el medio que hace surgir una palabra, un gesto, un trazo, la poeta es quien espera, espera la experiencia, el instante de oscuridad en que todo se ve nuevamente, la poeta es el lugar del silencio para escuchar el movimiento del desierto marino. Pero en todo viaje hacia la noche se van encontrando relatos, voces de otros seres que van construyendo una historia, multiplicidades que nos acompañan en la espera del desierto. Pienso que lo poético puede ser un camino que nos lleva de vuelta a un sí mismo que es compartido, por tanto, la experiencia poética no se agota en el ámbito ontológico o estético, sino que trasciende a lo ético y político, a la relación con otros. El camino hacia adentro se ve marcado por el afuera, en una eterna dialéctica. Cito el poema “Segundo encuentro”: Siento al contemplar la vida/ veo, palpo desde fuera/ el mundo/ a mi alrededor/ los demás/ los que están dentro. Ese movimiento de ruta que va de los otros hacia uno, que va del ser al no ser, es la historia de una poeta que escucha las voces, las diferentes voces que atraviesan su ausencia, movimiento que construye desde sus primeros años al ser consciente de las circunstancias que la determinan. La primera parte del libro se denomina “Primer desierto marino, pobre/San Antonio” y se inicia con un poema denominado “Primer tránsito” en el que dice lo siguiente:  Pequeña subo mi cerro/ la mar se ve a lo lejos/ como siempre/ y no desde mi ventana. La mar es lo lejano velado, no está a la mano, este poema nos deja ver esta distancia determinada por las condiciones materiales de existencia, pienso ahora en una niña boliviana, que no solo debe subir su cerro, sino cruzar una frontera para poder conocer el agua, cruzar el egoísmo de los dueños de la tierra y del mar que ven solo recursos y no rostros ni almas. Lo poético es también esto, escuchar el alma común, conmoverse, temblar ante la herida que van dejando quienes olvidan que son parte también de esta alma. Ennio Moltedo dice “Si pones el oído sobre la tierra desnuda, escucharás claramente el nombre de los asesinos”. Luisa Aedo también habla de esto en su poema “Voces”: hay tantas, tantas voces/ voz madre-abuela/ dijo que eran todos asesinos, / pero en voz baja/ siempre en voz baja. La tierra murmura su dolor, el desierto marino lleva cuerpos que jamás llegaron a puerto, desaparecidos, eterno retorno de la desaparición, a cada instante alguien no llega a puerto. Escribir es ir a lo bajo no solo de uno mismo, sino a la sombra de la humanidad, al dolor, al monstruo que habita en nosotros y que es capaz de destruir todo signo de alma sobre la tierra. Escribir como el intento de mirar el agua, más allá de todo impedimento material, ver con los ojos de adentro, introducirse sin miedo a su oscuridad, llegar a ese momento en que, como dice Luisa, El viaje marino abruptamente/ se apaga. ¿Qué pasa después de ese instante? Dejemos que el misterio avance, no responder la pregunta, suspender el juicio, no intentar un sentido, porque toda identificación es la negación del desierto marino, es lo que se nos escapa al momento de fijarlo, de nombrarlo, dejar ser es encaminarse hacia él, sin saberlo, sin esperarlo, incluso pensarlo perdido o inexistente, dejar que avance en nosotros sin preguntar, sin exigir una respuesta, dejar que se vaya abriendo camino en el vacío que somos en el fondo