Hace algunos días escribí en la pizarra de un curso de 3º medio el imperativo griego “Conócete a ti mismo”. La clase fue una reflexión sobre este aforismo y una creación de preguntas y respuestas que nos ayudaron en la búsqueda de su comprensión más profunda. El ejercicio filosófico se convirtió en una espiral que se iba abriendo cada vez más a partir del diálogo entre iguales.
Camino a casa pensaba en este momento, en la filosofía como ese instante que tiene el estudiante para volver la mirada sobre sí mismo e identificarse menos con lo externo y con la urgencia del funcionamiento constante.
La filosofía es ese espacio que le damos a la paciencia, me atrevería a decir incluso que es un estado natural en nosotros, es en él donde hay tiempo para conmoverse por el abismo de nuestra propia ignorancia, momento crucial para ejercer la actividad de todas las facultades que nos determinan como seres pensantes y creativos. El sujeto que no se mira a sí mismo se pierde, se aliena al objeto y comienza a ser solo un instrumento más, un medio para fines que le son ajenos. Este es el fin de la deshumanización de la educación, porque quien se examina a sí mismo, retorna a su ser, se reencuentra con esa humanidad perdida. Y digo humanidad, porque este examinarse nos lleva finalmente a acercarnos a todo lo que existe, no solo a nosotros como individuos, sino a toda alteridad. Ser conscientes de lo que somos es ser conscientes y aceptar de mejor forma lo que otros son. El conócete a ti mismo lleva implícito una cierta universalidad que no es la eliminación de la diferencia, sino su aceptación radical.
Como consecuencia de esta acción de conocer lo que somos se despierta una incomodidad, una inquietud por lo poco humano y natural que es el contexto o el sistema de vida que nos envuelve y nos traspasa. La persona capaz de conmoverse hasta su raíz por esta incongruencia siente el despertar de su voluntad, haciendo del pensar no solo un territorio de lo posible, sino también de lo real. El pensar y el ser se identifican en la lucha por cambiar las condiciones de existencia que son inconsistentes con lo que somos. La filosofía es uno de los pocos lugares que tiene el estudiante para pensarse y construirse desde la libertad, desde el escuchar a otros y escucharse hablar a otros, es la ventana para respirar un poco de aire dentro de la asfixia que nos provoca el sistema educativo, tan funcional al sistema económico. Es el momento donde el ser humano puede sentir la náusea y su angustia, pero también la búsqueda de sentido. Como profesora de filosofía estoy completamente convencida de que todos los jóvenes de este país tienen derecho a pensar y hacer un mundo del cual se sientan parte. Esta asignatura en los colegios otorga la oportunidad a los jóvenes de colaborar en la construcción del conocimiento, haciéndolos sujetos activos y responsables de sí mismos y de los otros. Es una experiencia ética, política, psicológica e incluso estética que no podemos abandonar y relegar a un segundo plano o a su inexistencia en el nombre de la pertinencia curricular. ¿Por qué y para qué estamos educando? Estos cuestionamientos a la filosofía nos hacen observar lo lejano que estamos de lo humano en favor de un funcionamiento mezquino y alienante. Nos hacen entender la escuela como lo contrario al ejercicio de la libertad, como un condicionamiento clásico de mentes y de cuerpos. No quiero ser responsable de todo esto, por eso declaro firmemente que todas y todos tienen derecho a la filosofía.
Camino a casa pensaba en este momento, en la filosofía como ese instante que tiene el estudiante para volver la mirada sobre sí mismo e identificarse menos con lo externo y con la urgencia del funcionamiento constante.
La filosofía es ese espacio que le damos a la paciencia, me atrevería a decir incluso que es un estado natural en nosotros, es en él donde hay tiempo para conmoverse por el abismo de nuestra propia ignorancia, momento crucial para ejercer la actividad de todas las facultades que nos determinan como seres pensantes y creativos. El sujeto que no se mira a sí mismo se pierde, se aliena al objeto y comienza a ser solo un instrumento más, un medio para fines que le son ajenos. Este es el fin de la deshumanización de la educación, porque quien se examina a sí mismo, retorna a su ser, se reencuentra con esa humanidad perdida. Y digo humanidad, porque este examinarse nos lleva finalmente a acercarnos a todo lo que existe, no solo a nosotros como individuos, sino a toda alteridad. Ser conscientes de lo que somos es ser conscientes y aceptar de mejor forma lo que otros son. El conócete a ti mismo lleva implícito una cierta universalidad que no es la eliminación de la diferencia, sino su aceptación radical.
Como consecuencia de esta acción de conocer lo que somos se despierta una incomodidad, una inquietud por lo poco humano y natural que es el contexto o el sistema de vida que nos envuelve y nos traspasa. La persona capaz de conmoverse hasta su raíz por esta incongruencia siente el despertar de su voluntad, haciendo del pensar no solo un territorio de lo posible, sino también de lo real. El pensar y el ser se identifican en la lucha por cambiar las condiciones de existencia que son inconsistentes con lo que somos. La filosofía es uno de los pocos lugares que tiene el estudiante para pensarse y construirse desde la libertad, desde el escuchar a otros y escucharse hablar a otros, es la ventana para respirar un poco de aire dentro de la asfixia que nos provoca el sistema educativo, tan funcional al sistema económico. Es el momento donde el ser humano puede sentir la náusea y su angustia, pero también la búsqueda de sentido. Como profesora de filosofía estoy completamente convencida de que todos los jóvenes de este país tienen derecho a pensar y hacer un mundo del cual se sientan parte. Esta asignatura en los colegios otorga la oportunidad a los jóvenes de colaborar en la construcción del conocimiento, haciéndolos sujetos activos y responsables de sí mismos y de los otros. Es una experiencia ética, política, psicológica e incluso estética que no podemos abandonar y relegar a un segundo plano o a su inexistencia en el nombre de la pertinencia curricular. ¿Por qué y para qué estamos educando? Estos cuestionamientos a la filosofía nos hacen observar lo lejano que estamos de lo humano en favor de un funcionamiento mezquino y alienante. Nos hacen entender la escuela como lo contrario al ejercicio de la libertad, como un condicionamiento clásico de mentes y de cuerpos. No quiero ser responsable de todo esto, por eso declaro firmemente que todas y todos tienen derecho a la filosofía.