domingo, 18 de diciembre de 2016

Presentación Libro Natalí Aranda. Libro : Lo Uno/Lo Otro. Ed. Inubicalistas, 16 de diciembre 2016. Por David Álvarez Muñoz




Ni todas las cuchillas de los postes,
Ni los escoplos de las largas calles,
Ni los mazos de las cúpulas
Y altas torres
Pueden tallar
Lo que puede tallar una estrella
Cuando brilla a través de las hojas de parra.
(Wallace Stevens)



En 1854, Charles Baudelaire recibió una invitación a participar de una antología organizada por el diario Figaro que pretendía reunir diversos poetas en torno al tema de “La Naturaleza”. Naturaleza, así en mayúsculas, tal como había sido el objeto de la poesía romántica precedente. Baudelaire acepta participar y envía dos poemas sobre el crepúsculo (“Crepúsculo de la tarde” y “Crepúsculo de la mañana”). Sin embargo, estos poemas no iban solos, se acompañaban de una carta en la cual, pese a lo breve, dejaba muy en claro sus dificultades que mantenía para escribir sobre la naturaleza:

“nunca podré creer que al alma de los dioses habite en las plantas y, aunque lo hiciera, me importaría poco y consideraría la mía propia mucho más valiosa que la de las legumbres santificadas. Incluso siempre pensé que en La Naturaleza, floreciente y rejuvenecida, había algo de impúdico y penoso”

De esta forma, Baudelaire se sitúa ante la imposibilidad de contemplación pasiva del poeta con el medio: no basta contemplar, ahora además hay que formar parte. Por eso, una vez radicado en la ciudad, ya no es posible apreciar poéticamente la naturaleza si no es desde una mancha, desde lo impúdico. De ahí en más la sombra será ese lugar desde el cual el poeta observa y participa en lo cotidiano. Sumando el conocido verso de Paul Celan, “dice verdad quien dice sombra”, uno de los valores de la poesía desde la modernidad está en mostrar, precisamente, estos sedimentos sombríos que acompañan la naturaleza transformada por el hombre. Hoy esta carta es considerada una declaración de guerra a la poesía romántica, pero no la evoco por esto, sino porque nos introduce a preguntas que quisiera retener : ¿Se puede hablar de la naturaleza después de la modernidad? Y si llegamos a escribir, si vencemos esa barrera de silencio, ¿es posible hablar en presente de lo natural, sin la melancolía de un origen perdido?

A través de su escritura y quizás sin esa pretensión reveladora, Natalí Aranda se hace estas preguntas. Con los poemas de Lo Uno/Lo Otro, sentimos la fuerza de ser desplazados hacia la base de un gran árbol, escuchando al viento frotar hojas y ramas. Pero no es el árbol del mito, tampoco se trata del recuerdo de los árboles que acompañaron nuestra infancia. No es el recuerdo de la seguridad. No es el árbol del ayer, sino el de hoy. Está vivido en tiempo presente y ya no protege. La lectura de estos poemas me acerca a la experiencia de contemplar esos grandes árboles que adornan solitarios y mudos los barrios marginales de la ciudad, mostrando una naturaleza deformada por lo cotidiano, una naturaleza testigo de la violencia de la urbe.

La presencia silenciosa de una naturaleza corroída por el lenguaje es el primero de los rasgos que más destaco del libro de Natalí. La voz poética observa un entorno deformado entre lo urbano y lo natural. Y toda esta observación se hace desde la ventana del cuarto del poeta, corriendo las cortinas y venciendo la molestia del choque de la luz del día con nuestros ojos, aun dormidos por la sucesión de roles y deberes cotidianos. Es un ejercicio y una apuesta por la creación. La creación poética transforma lo real en mímesis mediante la experiencia interior de quien escribe.

Otra carta, esta vez de Edward Hopper, destaca esta cuestión desde el plano de la imagen:

Cuando pinto, siempre me propongo usar la naturaleza como un medio para intentar conjurar en el lienzo mis mas intimas reacciones ante el objeto tal como aparece cuando más me gusta. Cuando los hechos concuerdan con mis intereses y con lo que he imaginado previamente. ¿Por qué prefiero escoger determinados objetos en lugar de otros? Ni yo mismo lo sé a ciencia cierta, excepto que sí creo que son el mejor medio para un resumen de mi experiencia interna” (Carta de Hopper a Charles Sawyer en 1939).

En los cuadros de Hopper la imagen es tan real que deja de serlo, la desolación no cabe en nuestra memoria objetiva. No tenemos registro del mundo en que estamos inmersos. Pero sí somos conectados con el desgarro y la soledad del entorno, con la experiencia interior de quien crea: nos sentimos extraños de nosotros mismos y ansiamos compañía. La soledad es total.

También, en los poemas de Lo Uno/Lo Otro, las palabras son un medio para conectar una experiencia interior de quien crea, a veces de felicidad u otras de extrañamiento, sobre todo ante el reflejo distorsionado y efímero del rostro en el espejo:


He pasado la tarde mirando ante el espejo
mi pelo, mi nariz, mis piernas.
He tratado de adaptarme a la imagen
de este cuerpo
que no es mío.


O bien

El desgarro
de mirarse en un espejo
y encontrarse.

En un ejercicio pictórico sin duda, de ahí la mención a Hopper, Natalí intenta crear imágenes a través de palabras. Imágenes no definitivas, parciales, de un entorno que el poeta no entiende, pero que tampoco pretende hacerlo porque responder es menos interesante que preguntar. La incomprensión del medio permite hacernos las preguntas sobre nosotros mismos. Por eso importa la poesía, porque nos acerca hacia esa ansiedad de las preguntas sin respuestas, tan necesarias pero tan ausentes.

Y por ese camino de dudas que festejamos, Natalí crea las primeras imágenes poéticas de un lugar que le sea propio. Imágenes parciales que al reunirlas a través de un ejercicio cinematográfico, muestren la búsqueda constante de una verdad. Lo difícil es que dicha verdad, al momento de enunciarla, se escapa. La sombra siempre permanece. Y así se renueva la búsqueda en un ciclo perpetuo. De esta forma, a través de Lo Uno/Lo Otro, Natalí decide esta inmersión hacia la búsqueda de palabras que nombren ese vacío del que todos somos parte, pero que no todos se atreven a preguntar qué hacemos allí.

Hay además de esta relación poética con el entorno y la naturaleza corroída, un segundo punto que quisiera rescatar de este libro y es su sensibilidad con el tiempo,  porque nos invade un halo atemporal en la lectura de los poemas. Esta poesía se escribe en un tiempo poético que recuerda a la poesía oriental y la tradición del haikus. Los versos tienen esa carga reveladora de un tiempo donde los hechos transcurren de forma lineal, uno detrás del otro y en un ciclo que se renueva con la frecuencia del sol. Esta cadencia es ajena a nosotros, en la medida que constituye una oposición a la simultaneidad y superposición del presente. En lo Uno/lo Otro están los primeros intentos de una poética que se esmera en expresar a través de la simpleza y precisión. Nombrar con lo justo, anulando cualquier exceso.

Las palabras usadas no son otras que las cotidianas, pero a este ritmo no alcanzan a banalizarse y desaparecer. Al contrario, flotan alrededor de nuestra memoria. Una idea de Blanchot ilustra de mejor forma esta relación entre habla cotidiana y poesía. Mediante la lengua cotidiana hablamos haciendo de la palabra un monstruo de dos caras: por un lado la realidad que es presencia material y por otro el sentido como ausencia ideal. Por esa línea, la poesía consiste en el juego con esa lengua ordinaria para la creación de algo nuevo y revelador. Un juego interminable con ese monstruo bicéfalo del lenguaje, donde las palabras no buscan describir una materia ni tampoco  una verdad. Así, los versos que configuran el libro, son también intentos de validar un espacio fragmentado donde lo real es parte de una experiencia atemporal.

Quiero destacar además la búsqueda obstinada del silencio en esta escritura. Porque mantengo la persistente impresión que Natalí busca abrir espacios de silencio con su poesía. Y por cierto esto me parece muy interesante, ya que justamente estamos inmersos en un entorno de saturación de todo tipo: de palabras e imágenes, del cual es muy difícil escapar, entre otras cosas porque nos gusta y además porque así nos relacionamos con otros. La cotidianidad tiene la presencia molesta de las imágenes y de la disponibilidad permanente. Estamos en todos los rincones pero a la vez no formamos parte de ninguno. La tecnología ha mejorado nuestras condiciones de vida pero nos ha hecho pagar el precio de la disponibilidad perpetua, sea en espacios reales o virtuales. Hoy transitamos por lugares saturados de palabras, de información, de fotografías y videos, por lo que me parece un potente gesto de escritura buscar silencio y agujerear el ruido que nos rodea.

No pude contener en mí
tanto silencio,
al derramarse
para evitar su abertura
surgió su nombre.

¿Pero para qué buscar silencio, acaso no es suficiente con callar? No, porque callando seguimos disponibles. Ya no basta con callar para llegar al silencio. Callamos, pero continuamos escuchando el crujir del entorno. Hoy son necesarias palabras para llegar al silencio, por eso la poesía tiene un rol en el presente, porque se necesita nombrar para lograr un silencio que anule el ruido. Mediante sus poemas, Natalí emprende la búsqueda de las guaridas del silencio aisladas del ruido y saturación de la vida cotidiana. Por eso sus versos tienen el valor de la búsqueda poética del instante mudo. La sensación al leerlos celebra la cercanía de intentar expresar con palabras una tierna mudez, pero sin caer en el escape hacia un refugio u origen sagrado. Se trata más bien de usar las mismas palabras en una operación precisa de anulación, sin excesos, para callar y vernos a través del poema.

Puede que hoy uno de los territorios creativos más fértiles se juegue en nuestra capacidad de despojarnos de todo y esperar. Y así, desprendernos del piso de la seguridad material y de las palabras. Apostar por quedar desnudos ante nosotros mismos e intentar escribir desde nuestras propias fisuras. Sin duda, soltar estos poemas son un ejercicio de despojo. Su contenido amplía la búsqueda de esta desnudez al mismo tiempo hablada y enmudecida. Pero como nos recuerda Georges Bataille, “solo podemos quedar desnudos si vamos sin estratagemas hacia lo desconocido”.  Por eso es necesario emprender camino una vez que asoma. Natalí se dirige en esa vía. Desde luego son los primeros pasos, pero incluso los pies más livianos dejan marcas en la tierra

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La palabra situada (texto sobre libro "Tensiones del pensar")

Todo pensamiento empieza por un poema. (Alain)

El poema como aquello que tensiona al pensamiento para fracturar los límites del logos y traspasar fronteras. Acercarse a la poesía, desde un hacer filosófico, sin una búsqueda taxonómica, es unir bordes o des-bordes, porque tal vez lo semejante de ambas disciplinas del pensar es esa tendencia a querer traspasar cauces. Necesitan de esa tensión, de una palabra que quiera acercarse más a su ausencia, para generar cuerpos de pensamiento e imagen que no sean un continuo pie de página de lo ya dicho. Jorge Polanco expresa en el prólogo que “el poema suscita un desenfoque que permite modular una respiración.” En el poema el pensamiento se muestra, no se explica. El poema viene a ser el descanso del lenguaje, pero a partir de su máxima tensión y expresión. Una tensión también de aquello que se nombra, porque todo decir es ya un estar situado, como comenta Polanco a partir de Lihn. Los siete ensayos aquí publicados, son formas de situarse a través del poema. Búsquedas en relación al cómo se nombra, cómo el poeta chileno nombra su habitar histórico, político y filosófico. Y no solo del cómo, también del porqué de ese nombrar, porque la filosofía no se detiene solo en el hacer, sino en su razón. ¿Por qué el poema para pensar filosóficamente? ¿Será que el poema entrega su porqué con mayor nitidez? ¿De qué clase de porqué estoy hablando? Un porqué no reducido a una unidad, siendo la diferencia, lo que marca la existencia de la escritura poética, a partir de disímiles modos de morar o de-morarse en la palabra. No se escribe desde un trascendental que opere a la base de lo real y que vele por el “orden jerárquico del ser”, como dice Sergio Parra. Asunto que la filosofía tradicional, clásica y moderna, al apelar a algo fuera del lenguaje, ha dada por hecho. ¿Qué importa un pensar situado dentro de estas condiciones? Todo estaría dicho, nuestro decir tendría un carácter repetitivo, reproductivo y no creativo. El lenguaje tendría solo una función representativa y no creadora. Sería andar sobre seguro, como un turista que viaja por la palabra ya dicha, extrapolando la imagen construida por Martín Ríos en su ensayo. La filosofía al abrirse al poema, deja de andar sobre seguro, comienza a perderse, el azar entra en la dinámica del pensamiento. Comienza el Vértigo; la filosofía cuando se acerca a otras formas de expresión se fisura y se entrega a la deriva. ¿Por qué ese terror a andar sin un camino prefijado? Temor a un pensar que no esté al abrigo de los conceptos, sino de la imagen, siendo la imagen lo más cercano a los cuerpos, al temblor de los cuerpos. Por esto pienso que la palabra poética es, siguiendo a Lihn, la palabra más situada de todas. Nicole Henríquez nos dice, a partir de su análisis de uno de los poemas de La Bandera de Chile de Elvira Hernández que “El silencio se despliega en la bandera.” Nicole logra una palabra-imagen que le da continuidad al poema, no lo explica, como si aquella frase fuese un verso de Elvira. ¿Será tarea del filósofo, que piensa en la palabra poética, el tratar de buscar una naturaleza similar en su modo de decir? Hay que diferenciar por una parte el hablar sobre poesía y  por otro lado el hacer que la filosofía utilice un lenguaje más parecido a lo poético. Dos formas distintas de hacer que las fronteras pierdan sus rígidas determinaciones. La primera condición mantiene la idea del poema como un lenguaje otro, que es analizado desde un lenguaje filosófico. Se queda dentro de las condiciones de una racionalidad que busca el conocimiento en el determinar, en la distinción clara y distinta. Lo segundo vendría a ser mucho más complejo. ¿Cómo pensar filosóficamente con un lenguaje semejante al del poema? Debo admitir, pero a modo personal, que la mejor filosofía la he leído en verso, y de esto encontramos antecedentes en la primera filosofía nacida en poesía, no existiendo una separación, ya que el pensar era poético. Octavio Paz, citado por Manuel Ahumada en su texto, nos dice que “lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida.” La filosofía en su origen compartió esta característica de ser poesía erguida. No es una novedad que la filosofía vuelva al poema para pensar. La filosofía es, en este sentido, también una disposición poética. Disposición propia de un sujeto que ve el pensar como una experiencia vital, un fenómeno corporal, más que una separación y distancia entre un objeto de estudio y una conciencia explicativa, anhelo propio de una filosofía que desea ser semejante al lenguaje matemático y científico. Pero ¿Será la filosofía un género literario, como lo creen algunos filósofos, más que una disciplina que se centre en la explicación de una supuesta realidad? El filósofo que vuelve al poema, vuelve a un lenguaje como experiencia creadora y deja de instrumentalizarlo. Me gustaría citar a George Steiner. “¿Cómo se relacionan las narraciones del comienzo del Kosmos con aquellas que cuentan el nacimiento del poema…? ¿De qué manera se emparentan o divergen las concepciones teológicas, metafísicas y estéticas de la concepción? El lenguaje como arjé, el lenguaje poético como principio constitutivo de toda idea de origen o ausencia de origen. Los presocráticos manifestaron de modo poético su mundo.
La poesía como un hablar inagotable, que desborda los límites de una pensar condicionado a los principios lógicos corrientes. Paul Celan lo dice “Habla/ Pero no separes el no del sí/ Da a tu sentencia también este sentido/ dale la sombra.” Cuando nos alejamos de la tiranía de lo verdadero y falso el mundo aparece. Aparece su sombra, aquello que Platón quiso ocultar, pero que los poetas aceptaron al estar enamorados de lo que aparece, de lo cambiante, del devenir que Heráclito postuló como característica de “lo real”. La filosofía y su sombra; lo poético. Celsio Arceu al decir en su texto sobre Gonzalo Millán que “Los escritos de Millán, buscan mostrarnos el mundo tal cual nos aparece…” Reafirma hasta cierto punto la idea que vengo exponiendo. Un mundo tal cual “nos” aparece queda manifestado o creado en el poema. Fundado, siguiendo la línea de Heidegger. Es una objetividad que incluye al sujeto. No lo deja fuera, lo incluye como parte del acontecer, como elemento del fenómeno. Un mundo es un sujeto que lo experimenta. La poesía situada o el pensar situado es aquello que revela el estado de un sujeto-mundo, es palabra abierta. ¿Y qué nos encontramos en esa apertura? Con nosotros mismos, experimentándonos, problematizándonos. Proyectos como este libro, siguiendo las palabras de Cecilia Cortés “mutiacentúan la realidad, es decir, le introducen una carga conflictiva, dotando de diversos significados el mundo que cohabitan con otros.” La filosofía necesita de otras formas de nombrar el mundo para problematizar el habitar humano. Un poema de Ximena Rivera se refiere a esta complejidad tan necesaria en nuestros intentos de comprensión. Para él un sonido/ para él un signo hecho de humo/ y para ti un color. / Construye con él una trama si puedes. / Dale tu sangre/ inclúyelo en tu futuro/ imprímele un sentimiento/ dale un alfabeto/ y luego di:/mundo. Si la realidad huye de la definición, es necesario otras formas de pensarla, no netamente conceptuales, ni explicativas, ya que la explicación y la conceptualización no necesariamente nos llevan a la comprensión, tal vez solo de una parte, pero en la búsqueda de un comprender total es necesario un pensar otro, por medio de una palabra cercana al temblor, convertida en una llama que nos hace entender que la luz no es un absoluto, ya que, como dice Paul Celan, dice la verdad quien dice sombra.