Es a la vida adonde intentamos llegar en la poesía
Wallace Stevens
Este
texto piensa construir el camino de una interpretación que no se aleje demasiado
del poema, o, dicho de otra manera, un texto sobre la experiencia de la lectura
del libro “Color hormiga” de Chiri Moyano. Experiencia que, a través de la
materia y la naturaleza, nos muestra un acceso a lo simbólico, a la sombra, al
vaciamiento y al dolor. Imágenes primitivas cercanas a lo arquetípico, pero que
mantienen siempre un elemento situado.
Para
partir quisiera hablar del poema como aquello que devela el tramado, los trazos
que va dejando una realidad muchas veces inaccesible en otras modalidades de la
palabra. Es una mirada hacia adentro que nos revela el afuera, la naturaleza,
el hallazgo de una continuidad entre las cosas de un mundo y nosotros. Palabra
que en su gratuidad nos entrega el acontecimiento y nos relaciona con los hechos,
con lo real, por eso Stevens dice que el poema es aquello que aumenta nuestra
sensación de realidad y nos aproxima a la vida. El poema “Color hormiga”, que
le da nombre e inicia el libro de Chiri Moyano, nos abre una oportunidad de
interpretar esta relación entre la poesía y el mundo.
La hormiga rubia
sube a la copa del árbol,
a buscar el fuego del sol.
La hormiga negra
baja a las raíces del árbol,
a buscar la sangre de la
sangre.
Poema
sobre la continuidad, el árbol es el acceso al arriba y al abajo,
simbólicamente es el centro del mundo, verticalidad que hace posible el diálogo
entre una vida subterránea y una vida hasta el cielo. La hormiga se sabe
reflejo, por eso su color determina su ascenso o descenso, a la copa o las
raíces, buscando la luz o la sangre. La naturaleza y su eterno retorno en lo
micro y en lo macro de las cosas. Este poema es la entrada a una escritura que
observa las señales de ruta de una naturaleza que se va perdiendo en lo
inhóspito, ocultándose, pero dejando pequeñas marcas de su dolor y su ausencia.
Cito del poema Detrás de la ventana: “observando
cómo se seca el canelo/ en la selva de cemento”. Se seca lo sagrado por el
desencantamiento del mundo, la decadencia es la nueva máscara de una humanidad
que niega la dimensión del sentido. Chiri Moyano escribe sobre esta expulsión
de lo sagrado y la carga psicológica que lleva a un sujeto a sentirse
abandonado, huérfano de una naturaleza que le entregaba su dirección y su
centro. Con la muerte del árbol sagrado por un cemento que avanza, ¿cómo
reconocer el centro del mundo? Cito del poema Lágrimas: “Dios no vino a trabajar/ se quedó en la muda casa del
olivo”. Dios se ausenta, se retira a lo íntimo, a la mudez de la casa de un
árbol sagrado, donde no hay verbo para seguir en la creación de un mundo. El
verbo se ha retirado, no hay sentido primero, hay ausencia, el rayo de dios no
atraviesa las tinieblas, se queda en lo indiferenciado, en lo materno, en la
contención de un universo anterior a su nacimiento. El poema Los abandonados nos entrega esta
orfandad absoluta. Cito un fragmento: “Una
casa abandonada/ con gatos abandonados/ con ventanas abandonadas/ con un hombre
abandonado.”
¿Abandonados
por quién? pienso en Blanchot cuando dice que “profundizando el verso el
poeta entra en ese tiempo del desamparo que es la ausencia de los
dioses...Quien profundiza el verso escapa del ser como certeza”. Esta orfandad
interior a la que se enfrenta el poeta, este abandono del sentido, es la dimensión
existencial a la que nos conduce Moyano. La casa abandonada es la
desacralización del mundo interior del ser humano y un símbolo del inconsciente,
el árbol también apunta a la misma interioridad, ambos son hogar, protegen de
la lluvia, del sol, son la sombra que nos oculta de lo externo. La casa es,
citando a Bachelard “un instrumento para afrontar el cosmos”, ¿qué hacer cuando
aquel instrumento se abandona, cuando no existe la confianza en aquel nido? Perderse en la incertidumbre y en el horror de
esta orfandad, escuchar la ausencia, lo que comienza a nacer como murmullo en
la poesía de Moyano, murmullo de agua, pero esta agua no fluye, sino que está
estancada, abandonada también por el sentido. Aguas podridas, símbolo de la
muerte, materia que en su estancamiento aumenta la profundidad del dolor. Cito
a Bachelard nuevamente: “para la imaginación todo lo que corre es agua”, es la
materialidad del devenir y la manera de mirar el tiempo, el agua que no corre,
que está podrida y estancada, es la imagen de un abandono radical respecto a la
vida y su sentido. Es así que el poema
empieza a tomar el lugar que ha dejado libre la certeza, nace como
manifestación de este desprendimiento. Cito el poema Viaje: “Con poco equipaje/ y una triste historia de vida/ en
blanco y negro/ que sube/ y baja/ como ese botecito que veo al final del mar/ que
gira donde lo lleva el viento/ que sube/ y baja.”
La
vida al desatarse del sentido y de la certeza se convierte en un fragmento que
sube y baja por la marea y el viento, un desastre como diría Blanchot, aquello
separado de su astro, de la estrella que le daba un origen al viaje de la luz
por el universo. Ya no hay astro, la luz viaja sin origen y sin destino, como
la vida de un ser humano que ha abandonado toda certeza. ¿Qué hace la hormiga
si el árbol se seca? ¿Cómo reconocerá su destino?
Hay
momentos en el libro de Moyano donde la casa no está abandonada, tampoco el ser
humano se ha abandonado, hay una intimidad compartida que hace olvidar la
soledad inevitable, la carga del desencantamiento del mundo. Como en el poema Vienes a verme, la visita de alguien nos
regresa a un hogar como refugio, un retiro que nos devuelve la confianza en los
asuntos cotidianos, la tranquilidad de las cosas simples. Cito: “Vienes a casa/con
la blusa de seda que te regaló tu madre, / con los ojos pintados. / Vienes a
conversar conmigo/ a tomar vino conmigo/ a leer y hablar de poesía conmigo / a
dormir conmigo. / Cocino porotos granados/ charquicán/ cazuela de vacuno/ y tú/
me zurces la basta de un pantalón regalado/ de ropa americana.” El acto simple nos revela el misterio, el amor
no puede mostrarse a través de una concepción mental, es el develamiento de su
naturaleza en los actos cotidianos como podemos tener esa experiencia, por eso
Stevens dice que todo poeta debe tener algo de campesino, cercano a la
naturaleza de las cosas y no a sus nombres o conceptos: cercano a la vida. El
ser humano de las ciudades contemporáneas ha perdido este contacto, ha olvidado
la vida en nombre del funcionamiento de un mundo que tampoco desea, que le
parece contrario a sí mismo, que le causa incomodidad. El cemento avanza al
mismo tiempo que su desconexión con la existencia. Es que ya no entendemos los
signos del cielo, de la lluvia, las estaciones, este mundo se nos ha vuelto
completamente ajeno.
Moyano
termina su libro con el siguiente poema, denominado En medio de la cama: “Abandonado como un trapo sucio/ en medio de
la cama/ insomnio, desvelo. / Amores definitivamente perdidos/ amistades lejos
de casa.” Vuelve el abandono, todos
están lejos de casa, la soledad inevitable de un ser humano que se abandona a
sí mismo. A la deriva, la casa no ayuda a enfrentar el cosmos, lo externo, el poeta
en el desierto, a la intemperie. Recuerdo un verso de Arto Melleri “Desgraciado
es aquel que no tiene una sombra en su interior”, sombra que lo ayude a cruzar
el desierto, que lo ayude a afrontar su propia muerte, su suicidio en la casa
abandonada. Soportar el silencio, empezar a escribir desde esa cicatriz, desde
ese dolor del que agoniza. Abandonar toda certeza, incluso la certeza de uno
mismo, la única forma de empezar una relación real entre la escritura y la
vida. La experiencia poética necesita de un sujeto perdido, porque es hallazgo,
don y acogida.
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