Todo pensamiento
empieza por un poema. (Alain)
El
poema como aquello que tensiona al pensamiento para fracturar los límites del logos
y traspasar fronteras. Acercarse a la poesía, desde un hacer filosófico, sin una
búsqueda taxonómica, es unir bordes o des-bordes, porque tal vez lo semejante de
ambas disciplinas del pensar es esa tendencia a querer traspasar cauces. Necesitan
de esa tensión, de una palabra que quiera acercarse más a su ausencia, para
generar cuerpos de pensamiento e imagen que no sean un continuo pie de página
de lo ya dicho. Jorge Polanco expresa en el prólogo que “el poema suscita un
desenfoque que permite modular una respiración.” En el poema el pensamiento se
muestra, no se explica. El poema viene a ser el descanso del lenguaje, pero a partir
de su máxima tensión y expresión. Una tensión también de aquello que se nombra,
porque todo decir es ya un estar situado, como comenta Polanco a partir de
Lihn. Los siete ensayos aquí publicados, son formas de situarse a través del
poema. Búsquedas en relación al cómo se nombra, cómo el poeta chileno nombra su
habitar histórico, político y filosófico. Y no solo del cómo, también del
porqué de ese nombrar, porque la filosofía no se detiene solo en el hacer, sino
en su razón. ¿Por qué el poema para pensar filosóficamente? ¿Será que el poema
entrega su porqué con mayor nitidez? ¿De qué clase de porqué estoy hablando? Un
porqué no reducido a una unidad, siendo la diferencia, lo que marca la existencia de la escritura poética, a
partir de disímiles modos de morar o de-morarse en la palabra. No se escribe
desde un trascendental que opere a la base de lo real y que vele por el “orden
jerárquico del ser”, como dice Sergio Parra. Asunto que la filosofía
tradicional, clásica y moderna, al apelar a algo fuera del lenguaje, ha dada
por hecho. ¿Qué importa un pensar situado dentro de estas condiciones? Todo
estaría dicho, nuestro decir tendría un carácter repetitivo, reproductivo y no
creativo. El lenguaje tendría solo una función representativa y no creadora. Sería
andar sobre seguro, como un turista que viaja por la palabra ya dicha,
extrapolando la imagen construida por Martín Ríos en su ensayo. La filosofía al
abrirse al poema, deja de andar sobre seguro, comienza a perderse, el azar
entra en la dinámica del pensamiento. Comienza el Vértigo; la filosofía cuando
se acerca a otras formas de expresión se fisura y se entrega a la deriva. ¿Por
qué ese terror a andar sin un camino prefijado? Temor a un pensar que no esté
al abrigo de los conceptos, sino de la imagen, siendo la imagen lo más cercano
a los cuerpos, al temblor de los cuerpos. Por esto pienso que la palabra
poética es, siguiendo a Lihn, la palabra más situada de todas. Nicole Henríquez
nos dice, a partir de su análisis de uno de los poemas de La Bandera de Chile de Elvira Hernández que “El silencio se
despliega en la bandera.” Nicole logra una palabra-imagen que le da continuidad
al poema, no lo explica, como si aquella frase fuese un verso de Elvira. ¿Será
tarea del filósofo, que piensa en la palabra poética, el tratar de buscar una
naturaleza similar en su modo de decir? Hay que diferenciar por una parte el hablar
sobre poesía y por otro lado el hacer
que la filosofía utilice un lenguaje más parecido a lo poético. Dos formas
distintas de hacer que las fronteras pierdan sus rígidas determinaciones. La
primera condición mantiene la idea del poema como un lenguaje otro, que es
analizado desde un lenguaje filosófico. Se queda dentro de las condiciones de una
racionalidad que busca el conocimiento en el determinar, en la distinción clara
y distinta. Lo segundo vendría a ser mucho más complejo. ¿Cómo pensar
filosóficamente con un lenguaje semejante al del poema? Debo admitir, pero a
modo personal, que la mejor filosofía la he leído en verso, y de esto
encontramos antecedentes en la primera filosofía nacida en poesía, no
existiendo una separación, ya que el pensar era poético. Octavio Paz, citado
por Manuel Ahumada en su texto, nos dice que “lo poético es poesía en estado
amorfo; el poema es creación, poesía erguida.” La filosofía en su origen
compartió esta característica de ser poesía erguida. No es una novedad que la
filosofía vuelva al poema para pensar. La filosofía es, en este sentido, también
una disposición poética. Disposición propia de un sujeto que ve el pensar como
una experiencia vital, un fenómeno corporal, más que una separación y distancia
entre un objeto de estudio y una conciencia explicativa, anhelo propio de una
filosofía que desea ser semejante al lenguaje matemático y científico. Pero
¿Será la filosofía un género literario, como lo creen algunos filósofos, más
que una disciplina que se centre en la explicación de una supuesta realidad? El
filósofo que vuelve al poema, vuelve a un lenguaje como experiencia creadora y
deja de instrumentalizarlo. Me gustaría citar a George Steiner. “¿Cómo se
relacionan las narraciones del comienzo del Kosmos con aquellas que cuentan el
nacimiento del poema…? ¿De qué manera se emparentan o divergen las concepciones
teológicas, metafísicas y estéticas de la concepción? El lenguaje como arjé, el
lenguaje poético como principio constitutivo de toda idea de origen o ausencia
de origen. Los presocráticos manifestaron de modo poético su mundo.
La
poesía como un hablar inagotable, que desborda los límites de una pensar condicionado
a los principios lógicos corrientes. Paul Celan lo dice “Habla/ Pero no separes
el no del sí/ Da a tu sentencia también este sentido/ dale la sombra.” Cuando
nos alejamos de la tiranía de lo verdadero y falso el mundo aparece. Aparece su
sombra, aquello que Platón quiso ocultar, pero que los poetas aceptaron al
estar enamorados de lo que aparece, de lo cambiante, del devenir que Heráclito
postuló como característica de “lo real”. La filosofía y su sombra; lo poético.
Celsio Arceu al decir en su texto sobre Gonzalo Millán que “Los escritos de
Millán, buscan mostrarnos el mundo tal cual nos aparece…” Reafirma hasta cierto
punto la idea que vengo exponiendo. Un mundo tal cual “nos” aparece queda manifestado
o creado en el poema. Fundado, siguiendo la línea de Heidegger. Es una
objetividad que incluye al sujeto. No lo deja fuera, lo incluye como parte del
acontecer, como elemento del fenómeno. Un mundo es un sujeto que lo
experimenta. La poesía situada o el pensar situado es aquello que revela el
estado de un sujeto-mundo, es palabra abierta. ¿Y qué nos encontramos en esa
apertura? Con nosotros mismos, experimentándonos, problematizándonos. Proyectos
como este libro, siguiendo las palabras de Cecilia Cortés “mutiacentúan la
realidad, es decir, le introducen una carga conflictiva, dotando de diversos
significados el mundo que cohabitan con otros.” La filosofía necesita de otras
formas de nombrar el mundo para problematizar el habitar humano. Un poema de
Ximena Rivera se refiere a esta complejidad tan necesaria en nuestros intentos
de comprensión. Para él un sonido/ para
él un signo hecho de humo/ y para ti un color. / Construye con él una trama si
puedes. / Dale tu sangre/ inclúyelo en tu futuro/ imprímele un sentimiento/
dale un alfabeto/ y luego di:/mundo. Si la realidad huye de la definición,
es necesario otras formas de pensarla, no netamente conceptuales, ni
explicativas, ya que la explicación y la conceptualización no necesariamente
nos llevan a la comprensión, tal vez solo de una parte, pero en la búsqueda de
un comprender total es necesario un pensar otro, por medio de una palabra
cercana al temblor, convertida en una llama que nos hace entender que la luz no
es un absoluto, ya que, como dice Paul Celan, dice la verdad quien dice sombra.
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